En: Zavala, Lauro (2007) Manual de análisis narrativo. México: Trillas.
1. Contexto de interpretación
a. ¿Cuáles son las condiciones de interpretación de la película?
Experiencia y expectativas individuales:
- Condiciones de elección
- Antecedentes verbales
- Memoria cinematográfica personal
Expectativas canónicas:
- Antecedentes impresos
- Enmarcamiento genérico
- Prestigio de la dirección actores y actrices
- Mercado simbólico de la sala de proyección
b. ¿Qué sugiere el título?
- Sintaxis y polisemia
- Relación con el mundo cotidiano
- Relación con el resto de la película
- Relación con el título original (cuando es extranjera, o una adaptación de un texto literario, “remake”, secuela, parodia)
2. Inicio
¿Cuál es la función del inicio?
- Presentación de créditos
- Duración y funciones de la primera secuencia / relación con el final: prólogo narrativo, antecedente cronológico, conclusión anticipada, establecimiento de complicidad con el espectador (suspenso).
¿Cómo se relaciona con el final?
- Intriga de predestinación (explícita, implícita, alusiva).
3. Imagen
a. ¿Cómo son las imágenes en esta película?
– Color, iluminación composición
– Lentes: Profundidad de campo / “zoom”
b. ¿Cuál es la perspectiva de la cámara?
- Localización
- Distancia
- Participación
- Movimiento
4. Sonido y silencios
a) ¿Cómo se relaciona el sonido con las imágenes?
- Música, voces, silencios
- Temas y motivos sonoros
- Relación entre imágenes y sonidos
b) ¿Qué función cumplen los sonidos?
5. Edición
a) ¿Cómo se organiza la sucesión de imágenes en cada secuencia?
- Secuencia lógica y cronológica
- Duración y ritmo de tomas
b) ¿Cómo se organiza la sucesión de imágenes entre secuencia?
- Integración y/o contraste entre secuencias
- Montaje no secuencial: paralelo, onírico…
6. Escena
a) ¿Cómo es el espacio donde ocurre la historia?
- Espacio natural: relación simbólica con la historia
- Estilo de la arquitectura y otras formas de diseño
- Dimensión simbólica de los objetos y su distribución en el espacio
b) ¿Qué elementos permiten identificar a cada personaje?
- Expresión facial, tono de la voz, movimiento…
- Vestido y peinado
7. Narración
a) ¿Cómo es la estructura narrativa?
b) ¿Qué efectos produce en el espectador la estructura narrativa?
- Sorpresa (ignorancia del espectador controlada por el narrador)
- Suspenso: misterio (el espectador sabe que hay un secreto pero ignora la solución), conflicto (incertidumbre del espectador sobre las acciones del personaje), tensión (el espectador ignora cómo, cuándo y por qué va a ocurrir lo anunciado).
8. Género
a) ¿Cuáles son las fórmulas narrativas utilizadas en esta película?
Fórmulas clásicas:
Amor y erotismo
Mundo del espectáculo
Detectives
Western
Guerra
Ciencia- ficción
Horror
Fantasía
“Outlaw” (al margen de la ley: mafia)
“Owtcast” (al margen de la norma: minoría social, disfuncionalidad mental, genialidad)
Modalidades genéricas:
- Trágico, melodramático, cómica.
9. Intertextualidad
¿Se menciona, cita o incluye otro texto?
10. Ideología (perspectiva del relato o visión del mundo)
a) ¿Cuál es la visión del mundo que propone la película?
Natural, alegórica, mítica, subversiva.
b) ¿Qué otro s elementos ideológicos afectan la película?
Condiciones de producción y distribución.
11. Final
a) ¿Qué sentido tiene el final?
b) ¿Cómo se relaciona el final con el resto de la película?
12. Conclusiones del análisis
a) ¿Cuál es el compromiso ético y estético de la película?
b) ¿Qué me pareció la película? (Hacer énfasis en algún elemento de análisis)
martes, 6 de abril de 2010
domingo, 13 de diciembre de 2009
SOBRE LOS PREMIOS NOBEL
UN REPORTAJE
Los olvidados del Nobel
Ni Mendeleyev ni Gandhi ni Tolstói recibieron el premio - La selección implica a 6.000 expertos, y la Academia prefiere omisión a escándalo
JAVIER SAMPEDRO 11/10/2009
¿Qué premio Nobel explicó la física cuántica de la radiactividad, postuló la versión moderna del Big Bang, propuso que las estrellas brillan por reacciones termonucleares y descubrió el concepto de código genético? Ninguno. La persona existió -se llamaba George Gamow-, pero no recibió el premio. Ni el de física ni el de medicina.
Edison y Tesla se quedaron sin premio porque no se podían ni ver el uno al otro
El mayor hito de la biología del XX, la doble hélice del ADN, no fue elegido
Einstein obtuvo el galardón, pero no por la teoría de la relatividad
Tienen que pasar 50 años antes de hacer públicas las deliberaciones
Nobel dijo que el de Literatura fuera para escritores de "tendencia idealista"
Muchos expertos piden nuevas categorías, como matemáticas o cine
Tampoco lo recibió Dmitri Mendeleyev, cuya tabla periódica decora las escuelas de todo el mundo; ni Oswald Avery, que demostró que el ADN es la molécula portadora de la información genética; ni Lise Meitner, descubridora de la fisión nuclear; ni Julius Lilienfeld, creador del transistor; ni George Zweig, codescubridor de los quarks. Es sólo el arranque de una larga lista de ilustres no premiados nunca con un Nobel de ciencias.
Y fuera de las ciencias es peor aún. El pacifista más célebre del siglo XX, Mahatma Gandhi, no recibió el Nobel de la paz, a diferencia de Henry Kissinger o Yasser Arafat. Y el de literatura ha tenido que afinar realmente su puntería para no recaer en León Tolstói, Anton Chejov, Franz Kafka, Marcel Proust, James Joyce, Henry James, Vladimir Nabokov, Graham Greene o Jorge Luis Borges, por citar sólo a los muertos.
El Nobel, con todo, sigue siendo el premio más prestigioso que puede recibir un intelectual en este planeta. Y su prestigio no se debe a la tradición -¿por qué tendría el mundo que respetar una tradición sueca?-, sino a su exhaustivo mecanismo de selección. Los premios que hemos conocido esta semana son el resultado de un año de investigación sobre los candidatos.
La Real Academia Sueca de Ciencias (que concede los premios de física, química y economía), el Instituto Karolinska (medicina), la Academia Sueca (literatura) y el Comité Nobel Noruego (paz) invitaron en octubre del año pasado -como hacen cada otoño- a 6.000 expertos de todo el mundo a presentar las nominaciones (nunca de sí mismos).
Eso son unos 1.000 expertos por premio, entre ellos, los anteriores premios Nobel de cada área, y el resultado suelen ser 100 o 200 nominaciones en total. Los seis comités Nobel, uno por premio, empezaron en febrero a seleccionar esas nominaciones, y sólo han acabado hace un par de semanas. Durante este proceso consultan a muchos expertos externos, y de ahí suelen venir los rumores sobre la identidad de los premiados, por lo general escasos y poco fiables.
Una selección de este tipo garantiza que todos los premiados merecen serlo -en ciencia ha habido pocas concesiones controvertidas-, pero no que todos los merecedores sean premiados. Es lógico por lo tanto que la mayoría de las decisiones polémicas de la Academia lo hayan sido sobre todo por ausencia. O por tardanza, que sólo difiere de la ausencia en la longevidad del candidato. Pero lo cierto es que cada caso es un mundo.
Una clase minoritaria de no-premiados son los que el físico británico John Gribbin llama los visionarios. Son "más importantes que los premios Nobel", según Gribbin. El paradigma es el mismo Gamow citado en el primer párrafo. Su influencia en la ciencia es incalculable, aunque también en el sentido literal: que no puede calcularse. Son ideas, avistamientos, pautas. Su alcance se debe a cómo han influido en otros científicos, y el Nobel suele ser para éstos.
Gamow nació en Odesa cuando era parte del Imperio Ruso, y estudió física en San Petersburgo cuando se llamaba Leningrado, pero trabajó toda su vida en Gotinga, Copenhague, Cambridge y Boulder (Colorado, EE UU). En 1948 propuso con Ralph Alpher la teoría del Big Bang. Otros físicos habían especulado antes con la idea, pero fue el artículo de Alpher y Gamow el que permitió demostrar el Big Bang 15 años después.
Como Alpher y Gamow parece alfa y gama, Gamow no pudo resistirse a buscar una beta para redondear el artículo. La encontró pronto en uno de los grandes físicos teóricos del siglo XX, Hans Bethe, a quien persuadió de firmar el trabajo pese a su nula contribución. El histórico artículo The origin of chemical elements salió así firmado por Alpher, Bethe y Gamow, a satisfacción de este último. Bethe, al menos, sí recibió el Nobel, aunque por otra cosa.
James Watson y Francis Crick descubrieron la doble hélice del ADN en 1953. Poco después de haber publicado el hallazgo en Nature recibieron una carta de Gamow, a quien no conocían de nada. El físico proponía allí el primer modelo de un código genético: un lenguaje que traducía el orden lineal de las letras del ADN -recién descubierto por los receptores de la carta- en otro tipo de secuencia: la hilera de aminoácidos que constituye las proteínas. Su modelo concreto era incorrecto, pero el concepto de código genético resultó capital.
Thomas Edison patentó 1.093 inventos, entre ellos el fonógrafo, el altavoz y el micrófono del teléfono, las piezas clave del cinematógrafo, el primer generador eficaz y un modelo de ferrocarril eléctrico. Y la bombilla, por supuesto. Entretanto, su colega Nikola Tesla ideaba las dinamos de corriente alterna, la transmisión de la energía eléctrica y la bobina de inducción, que le permitió adelantarse a Marconi en la patente de la radio. Edison y Tesla fueron nominados al Nobel en 1915, pero la Academia los descartó por una razón de peso: no se podían ni ver el uno al otro. Marconi había recibido el galardón seis años antes.
Durante la primera mitad del siglo, los experimentos en aceleradores descubrieron tantas partículas subatómicas que los físicos las llamaban "el zoo": protones, neutrones, rho, delta, sigma, xi, kaones, antikaones, piones, cientos de partículas elementales. En 1964, Murray Gell-Mann y George Zwieg se dieron cuenta de que podían explicarlas como distintas combinaciones de sólo tres partículas aún más elementales: los quarks. Gell-Mann, que fue quien les puso ese nombre, fue el único de los dos que recibió el premio Nobel. Zwieg los había llamado "ases".
El mayor descubrimiento de la biología del siglo XX, la doble hélice del ADN -la clave de la herencia-, no hubiera sido posible sin un dato previo esencial: que el ADN es el material hereditario. Fue Oswald Avery quien lo demostró en 1944, y contra todo pronóstico, porque casi todos los científicos pensaban lo contrario hasta entonces (y la mayoría siguió pensándolo aún después).
La razón de que Avery no recibiera el galardón ha sido un misterio durante 50 años, el tiempo que tarda la comisión Nobel en hacer públicas sus deliberaciones. Hoy se sabe que el químico sueco Einar Hammarsten bloqueó su candidatura, y que siguió haciéndolo incluso después de que Watson y Crick descubrieran la doble hélice en 1953. Hammarsten creía que la información genética estaba en las proteínas, y su convicción era impermeable a los datos.
Barbara McClintock descubrió los transposones -genes que saltan de un lugar a otro del genoma- en 1948 con una serie impecable de experimentos en el maíz. No sólo demostró su existencia, sino también que suelen alterar la actividad de los genes que tienen al lado, y percibió que debían ser muy importantes en el desarrollo y la evolución. McClintok ya estaba reconocida para entonces como una de las genetistas más brillantes del mundo, pero sus resultados fueron recibidos con escepticismo por muchos científicos, e ignorados por muchos otros.
El resultado fue que McClintock recibió el Nobel, pero 35 años después, cuando ella había cumplido 81. Al menos pudo vengarse en la cena protocolaria de Estocolmo con estas palabras: "Debo admitir que al principio me sentí sorprendida, y después confundida. Nadie me invitaba a dar clases o seminarios, ni a intervenir en comités o tribunales académicos. Pero ese largo intervalo resultó ser una delicia. Me dio una completa libertad para seguir investigando por puro placer y sin interrupciones".
Einstein ganó el premio Nobel en 1921 por su explicación del efecto fotoeléctrico, uno de los artículos clave que publicó en su annus mirabilis de 1905. Esto implica que su teoría de la relatividad, uno de los dos pilares de la física actual junto a la mecánica cuántica, es otro de los grandes olvidados de la Academia, aunque su autor no lo sea. Y la razón tiene esta vez algo de paradójico.
Einstein formuló la relatividad, también en 1905, para responder a la pregunta: ¿qué ocurriría si una persona corriera tan deprisa que lograra alcanzar a una onda de luz? La persona vería una onda de luz que está quieta, como parece quieto un tren que se mueve en paralelo al nuestro. Pero la velocidad de la luz es una ley fundamental de la naturaleza, y por tanto no puede parecerle quieta a nadie.
La solución de Einstein fue aceptar los hechos y derivar sus consecuencias lógicas, por extrañas que pareciesen. La velocidad no es más que el espacio partido por el tiempo. Si la velocidad de la luz tiene que ser constante aunque corras tanto como ella, es que el tiempo y el espacio no pueden serlo. Esta teoría de 1905 se llama relatividad especial, y una de sus consecuencias directas es la célebre ecuación E=mc2, que reveló que la masa (m) y la energía (E) son dos caras de la misma moneda, y que una ínfima cantidad de masa puede convertirse en una gran cantidad de energía al multiplicarse por el cuadrado de la velocidad de la luz (c), que es un número enorme. Es el fundamento de la energía nuclear y de la bomba atómica. También del brillo de las estrellas.
Einstein fue nominado por esta teoría varias veces desde 1910, pero la Academia prefirió esperar a que los experimentos despejaran las dudas. Eso ocurrió en 1915, pero para entonces Einstein ya había desarrollado la relatividad general, la teoría de la gravitación que corrigió a Newton. Y ésta era más chocante aún que la relatividad especial, por lo que Estocolmo se volvió a echar atrás. De modo que el físico fue, en cierto modo, víctima de su propio éxito. Sin embargo, éste es un asunto sobre el que los científicos sólo albergan una duda: si Einstein mereció otros dos premios Nobel, o si más bien fueron tres.
Alfred Nobel, el inventor de los premios -y de la dinamita-, dejó escrito en su testamento que el galardón de literatura se concediera a escritores de "tendencia idealista". El comité se tomó la frase a la tremenda en los primeros tiempos, y la adujo para rechazar las candidaturas de Tolstói, Twain, Ibsen y Zola. Cuando se relajó la norma ya estaban todos muertos.
Karel Capek, el gran escritor checo de la primera mitad del siglo XX -e introductor de la palabra robot-, suscitó las dudas del comité Nobel por sus obras antinazis de los años treinta. A los académicos les parecían demasiado insultantes para el Gobierno alemán. De todos modos quisieron dar una oportunidad a Capek, de cuyos méritos literarios no dudaban, y le pidieron que presentara alguna obra menos controvertida. "Gracias por la intención", respondió Capek, "pero ya escribí mi tesis doctoral". Se quedó sin premio, como es natural.
El caso de 1974 en literatura es poco representativo, pero aún menos eludible. Vladímir Nabokov, Graham Greene y Saul Bellow fueron rechazados ese año para otorgar el premio a Eyvind Johnson (Retorno a Ítaca) y Harry Martinson (Ortigas en flor), dos escritores bastante conocidos en Suecia, entre otras cosas por ser miembros de la Academia Sueca.
No está claro cuánto podrán resistir los Nobel con su esquema actual. Los matemáticos y los paleontólogos siempre se han quejado de que no haya un Nobel para sus disciplinas, pero la lista de agraviados puede crecer pronto hasta límites insoportables. Porque tampoco hay un Nobel de computación, ni de nuevos materiales, ni de nanotecnología ni de climatología. Ni de cine, que se lo podrían haber dado a Ingmar Bergman sin hacer el ridículo.
***
UN EDITORIAL
'Premio Nobel de la Paz con guerra'
El Periódico, 10/12/2009
El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, ha aprovechado la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz para justificar la escalada en Afganistán –30.000 soldados más– y presentarla como un coste inevitable para lograr la paz. Como en otras muchas ocasiones en las que al personaje distinguido con el Nobel de la Paz le aguardaban en la habitación de al lado los generales de su Estado Mayor, Obama se ha visto obligado a presentar la guerra como una operación quirúrgica arriesgada, pero necesaria para asegurar el objetivo de la paz. Se trata de un ejercicio de realismo comprensible en alguien que, más allá de la retórica, no se ha presentado nunca como un pacifista irreductible.
Quienes creyeron que la elección de Obama constituía poco menos que una fractura epistemológica deben sentirse particularmente defraudados. Pero más que a Obama, que se ciñe a la tradición y las obligaciones imperiales, a quienes seguramente deben pedir explicaciones es a los integrantes del jurado del Nobel de la Paz, que otorgaron el premio sin considerar que seguramente iban a consagrar un oxímoron: un comandante en jefe en el campo de batalla distinguido como paladín de la paz.
Enfrentado al hecho de que la situación en Afganistán se degrada sin parar y a la presión de los generales, que piden más recursos para domeñar a los talibanes y neutralizar a Al Qaeda, Obama ha preferido el riesgo de una guerra sin subterfugios a los peligros no menores de un conflicto crónico sin vencedores ni vencidos. Detrás de él, el grueso del Congreso y una parte considerable de la opinión pública estadounidense parecen apoyar la elección y son pocos, fuera del mundo académico o del pacifismo militante, los que son partidarios de hacer las maletas y poner una fecha ineludible a la retirada.
La ocupación de Afganistán es un conflicto heredado que, como el de Irak, muchos parlamentarios demócratas apoyaron cuando el presidente George W. Bush ordenó atacar. También es un problema heredado la desastrosa situación sobre el terreno, la existencia en el país de un Gobierno incapaz y venal y las reticencias de los aliados, dispuestos a hacer acto de presencia, pero renuentes a asumir los riesgos inherentes al control del territorio. Razones todas más poderosas que la solemnidad del Nobel de la Paz, cuya tendencia al oportunismo viene de muy antiguo y quedó al descubierto hace mucho tiempo.
***
UN ARTÍCULO DE OPINIÓN
'Avanzando sobre el alambre'
El Periódico, 10/12/2009, ANTONI BASSAS, CORRESPONSAL DE TV3 EN WASHINGTON
El dibujante Herbert Block, que durante más de 50 años firmó a diario la tira política del Washington Post, decía que para que un artículo o un chiste funcionen deben contener una verdad esencial. La verdad esencial del discurso de Obama es muy amarga: hay guerras justas. La frase es terrible porque puede servir para justificar todas las guerras. Sin ir más lejos, Bush creía que sus guerras eran tan justas que incluso se podían declarar con carácter preventivo.
La diferencia entre los dos es que buena parte del mundo confía en la voluntad transformadora del actual presidente. Hasta el punto de que 43 países con tropas en Afganistán comparten una afirmación de ayer en Oslo: el mal existe. Con Al Qaeda no se puede negociar.
Ayer, el campeón de la paz tuvo que recordar que es el comandante en jefe de un Ejército. El pacifismo que inspira el Nobel casa mal con sus funciones ejecutivas. Por esto es un premio tan incómodo. Tan incómodo como el frágil alambre sobre el que Obama transita por esta presidencia.
El Obama que envía a 30.000 soldados más a la guerra –«algunos matarán»– abraza los principios de Gandhi y Luther King: «No hay nada débil, ni pasivo ni ingenuo en sus creencias, pero su solo ejemplo no es suficiente para un presidente». Podemos pensar que la ambivalencia no es más que cinismo refinado. Pero el Comité Nobel y millones de personas en todo el mundo siguen pensando que Obama es una rara oportunidad para la paz.
Le avalan sus incontables llamamientos a la resolución multilateral de los conflictos, su aproximación respetuosa al mundo islámico, sus llamamientos a un planeta libre de armas nucleares. Obama es una voz que inspira al mundo. Y ayer, esta voz que explicó en voz alta sus dilemas morales sobre las eternas cuestiones de la guerra y la paz, recordó también que si no queremos tener que enfrentarnos a una hidra de Al Qaedas, debemos trabajar juntos por la justicia y la dignidad de todos los seres humanos. A la paz por la justicia.
En el exterior le esperaban unos manifestantes con un rótulo concluyente: Lo has ganado. Ahora, gánatelo.
Los olvidados del Nobel
Ni Mendeleyev ni Gandhi ni Tolstói recibieron el premio - La selección implica a 6.000 expertos, y la Academia prefiere omisión a escándalo
JAVIER SAMPEDRO 11/10/2009
¿Qué premio Nobel explicó la física cuántica de la radiactividad, postuló la versión moderna del Big Bang, propuso que las estrellas brillan por reacciones termonucleares y descubrió el concepto de código genético? Ninguno. La persona existió -se llamaba George Gamow-, pero no recibió el premio. Ni el de física ni el de medicina.
Edison y Tesla se quedaron sin premio porque no se podían ni ver el uno al otro
El mayor hito de la biología del XX, la doble hélice del ADN, no fue elegido
Einstein obtuvo el galardón, pero no por la teoría de la relatividad
Tienen que pasar 50 años antes de hacer públicas las deliberaciones
Nobel dijo que el de Literatura fuera para escritores de "tendencia idealista"
Muchos expertos piden nuevas categorías, como matemáticas o cine
Tampoco lo recibió Dmitri Mendeleyev, cuya tabla periódica decora las escuelas de todo el mundo; ni Oswald Avery, que demostró que el ADN es la molécula portadora de la información genética; ni Lise Meitner, descubridora de la fisión nuclear; ni Julius Lilienfeld, creador del transistor; ni George Zweig, codescubridor de los quarks. Es sólo el arranque de una larga lista de ilustres no premiados nunca con un Nobel de ciencias.
Y fuera de las ciencias es peor aún. El pacifista más célebre del siglo XX, Mahatma Gandhi, no recibió el Nobel de la paz, a diferencia de Henry Kissinger o Yasser Arafat. Y el de literatura ha tenido que afinar realmente su puntería para no recaer en León Tolstói, Anton Chejov, Franz Kafka, Marcel Proust, James Joyce, Henry James, Vladimir Nabokov, Graham Greene o Jorge Luis Borges, por citar sólo a los muertos.
El Nobel, con todo, sigue siendo el premio más prestigioso que puede recibir un intelectual en este planeta. Y su prestigio no se debe a la tradición -¿por qué tendría el mundo que respetar una tradición sueca?-, sino a su exhaustivo mecanismo de selección. Los premios que hemos conocido esta semana son el resultado de un año de investigación sobre los candidatos.
La Real Academia Sueca de Ciencias (que concede los premios de física, química y economía), el Instituto Karolinska (medicina), la Academia Sueca (literatura) y el Comité Nobel Noruego (paz) invitaron en octubre del año pasado -como hacen cada otoño- a 6.000 expertos de todo el mundo a presentar las nominaciones (nunca de sí mismos).
Eso son unos 1.000 expertos por premio, entre ellos, los anteriores premios Nobel de cada área, y el resultado suelen ser 100 o 200 nominaciones en total. Los seis comités Nobel, uno por premio, empezaron en febrero a seleccionar esas nominaciones, y sólo han acabado hace un par de semanas. Durante este proceso consultan a muchos expertos externos, y de ahí suelen venir los rumores sobre la identidad de los premiados, por lo general escasos y poco fiables.
Una selección de este tipo garantiza que todos los premiados merecen serlo -en ciencia ha habido pocas concesiones controvertidas-, pero no que todos los merecedores sean premiados. Es lógico por lo tanto que la mayoría de las decisiones polémicas de la Academia lo hayan sido sobre todo por ausencia. O por tardanza, que sólo difiere de la ausencia en la longevidad del candidato. Pero lo cierto es que cada caso es un mundo.
Una clase minoritaria de no-premiados son los que el físico británico John Gribbin llama los visionarios. Son "más importantes que los premios Nobel", según Gribbin. El paradigma es el mismo Gamow citado en el primer párrafo. Su influencia en la ciencia es incalculable, aunque también en el sentido literal: que no puede calcularse. Son ideas, avistamientos, pautas. Su alcance se debe a cómo han influido en otros científicos, y el Nobel suele ser para éstos.
Gamow nació en Odesa cuando era parte del Imperio Ruso, y estudió física en San Petersburgo cuando se llamaba Leningrado, pero trabajó toda su vida en Gotinga, Copenhague, Cambridge y Boulder (Colorado, EE UU). En 1948 propuso con Ralph Alpher la teoría del Big Bang. Otros físicos habían especulado antes con la idea, pero fue el artículo de Alpher y Gamow el que permitió demostrar el Big Bang 15 años después.
Como Alpher y Gamow parece alfa y gama, Gamow no pudo resistirse a buscar una beta para redondear el artículo. La encontró pronto en uno de los grandes físicos teóricos del siglo XX, Hans Bethe, a quien persuadió de firmar el trabajo pese a su nula contribución. El histórico artículo The origin of chemical elements salió así firmado por Alpher, Bethe y Gamow, a satisfacción de este último. Bethe, al menos, sí recibió el Nobel, aunque por otra cosa.
James Watson y Francis Crick descubrieron la doble hélice del ADN en 1953. Poco después de haber publicado el hallazgo en Nature recibieron una carta de Gamow, a quien no conocían de nada. El físico proponía allí el primer modelo de un código genético: un lenguaje que traducía el orden lineal de las letras del ADN -recién descubierto por los receptores de la carta- en otro tipo de secuencia: la hilera de aminoácidos que constituye las proteínas. Su modelo concreto era incorrecto, pero el concepto de código genético resultó capital.
Thomas Edison patentó 1.093 inventos, entre ellos el fonógrafo, el altavoz y el micrófono del teléfono, las piezas clave del cinematógrafo, el primer generador eficaz y un modelo de ferrocarril eléctrico. Y la bombilla, por supuesto. Entretanto, su colega Nikola Tesla ideaba las dinamos de corriente alterna, la transmisión de la energía eléctrica y la bobina de inducción, que le permitió adelantarse a Marconi en la patente de la radio. Edison y Tesla fueron nominados al Nobel en 1915, pero la Academia los descartó por una razón de peso: no se podían ni ver el uno al otro. Marconi había recibido el galardón seis años antes.
Durante la primera mitad del siglo, los experimentos en aceleradores descubrieron tantas partículas subatómicas que los físicos las llamaban "el zoo": protones, neutrones, rho, delta, sigma, xi, kaones, antikaones, piones, cientos de partículas elementales. En 1964, Murray Gell-Mann y George Zwieg se dieron cuenta de que podían explicarlas como distintas combinaciones de sólo tres partículas aún más elementales: los quarks. Gell-Mann, que fue quien les puso ese nombre, fue el único de los dos que recibió el premio Nobel. Zwieg los había llamado "ases".
El mayor descubrimiento de la biología del siglo XX, la doble hélice del ADN -la clave de la herencia-, no hubiera sido posible sin un dato previo esencial: que el ADN es el material hereditario. Fue Oswald Avery quien lo demostró en 1944, y contra todo pronóstico, porque casi todos los científicos pensaban lo contrario hasta entonces (y la mayoría siguió pensándolo aún después).
La razón de que Avery no recibiera el galardón ha sido un misterio durante 50 años, el tiempo que tarda la comisión Nobel en hacer públicas sus deliberaciones. Hoy se sabe que el químico sueco Einar Hammarsten bloqueó su candidatura, y que siguió haciéndolo incluso después de que Watson y Crick descubrieran la doble hélice en 1953. Hammarsten creía que la información genética estaba en las proteínas, y su convicción era impermeable a los datos.
Barbara McClintock descubrió los transposones -genes que saltan de un lugar a otro del genoma- en 1948 con una serie impecable de experimentos en el maíz. No sólo demostró su existencia, sino también que suelen alterar la actividad de los genes que tienen al lado, y percibió que debían ser muy importantes en el desarrollo y la evolución. McClintok ya estaba reconocida para entonces como una de las genetistas más brillantes del mundo, pero sus resultados fueron recibidos con escepticismo por muchos científicos, e ignorados por muchos otros.
El resultado fue que McClintock recibió el Nobel, pero 35 años después, cuando ella había cumplido 81. Al menos pudo vengarse en la cena protocolaria de Estocolmo con estas palabras: "Debo admitir que al principio me sentí sorprendida, y después confundida. Nadie me invitaba a dar clases o seminarios, ni a intervenir en comités o tribunales académicos. Pero ese largo intervalo resultó ser una delicia. Me dio una completa libertad para seguir investigando por puro placer y sin interrupciones".
Einstein ganó el premio Nobel en 1921 por su explicación del efecto fotoeléctrico, uno de los artículos clave que publicó en su annus mirabilis de 1905. Esto implica que su teoría de la relatividad, uno de los dos pilares de la física actual junto a la mecánica cuántica, es otro de los grandes olvidados de la Academia, aunque su autor no lo sea. Y la razón tiene esta vez algo de paradójico.
Einstein formuló la relatividad, también en 1905, para responder a la pregunta: ¿qué ocurriría si una persona corriera tan deprisa que lograra alcanzar a una onda de luz? La persona vería una onda de luz que está quieta, como parece quieto un tren que se mueve en paralelo al nuestro. Pero la velocidad de la luz es una ley fundamental de la naturaleza, y por tanto no puede parecerle quieta a nadie.
La solución de Einstein fue aceptar los hechos y derivar sus consecuencias lógicas, por extrañas que pareciesen. La velocidad no es más que el espacio partido por el tiempo. Si la velocidad de la luz tiene que ser constante aunque corras tanto como ella, es que el tiempo y el espacio no pueden serlo. Esta teoría de 1905 se llama relatividad especial, y una de sus consecuencias directas es la célebre ecuación E=mc2, que reveló que la masa (m) y la energía (E) son dos caras de la misma moneda, y que una ínfima cantidad de masa puede convertirse en una gran cantidad de energía al multiplicarse por el cuadrado de la velocidad de la luz (c), que es un número enorme. Es el fundamento de la energía nuclear y de la bomba atómica. También del brillo de las estrellas.
Einstein fue nominado por esta teoría varias veces desde 1910, pero la Academia prefirió esperar a que los experimentos despejaran las dudas. Eso ocurrió en 1915, pero para entonces Einstein ya había desarrollado la relatividad general, la teoría de la gravitación que corrigió a Newton. Y ésta era más chocante aún que la relatividad especial, por lo que Estocolmo se volvió a echar atrás. De modo que el físico fue, en cierto modo, víctima de su propio éxito. Sin embargo, éste es un asunto sobre el que los científicos sólo albergan una duda: si Einstein mereció otros dos premios Nobel, o si más bien fueron tres.
Alfred Nobel, el inventor de los premios -y de la dinamita-, dejó escrito en su testamento que el galardón de literatura se concediera a escritores de "tendencia idealista". El comité se tomó la frase a la tremenda en los primeros tiempos, y la adujo para rechazar las candidaturas de Tolstói, Twain, Ibsen y Zola. Cuando se relajó la norma ya estaban todos muertos.
Karel Capek, el gran escritor checo de la primera mitad del siglo XX -e introductor de la palabra robot-, suscitó las dudas del comité Nobel por sus obras antinazis de los años treinta. A los académicos les parecían demasiado insultantes para el Gobierno alemán. De todos modos quisieron dar una oportunidad a Capek, de cuyos méritos literarios no dudaban, y le pidieron que presentara alguna obra menos controvertida. "Gracias por la intención", respondió Capek, "pero ya escribí mi tesis doctoral". Se quedó sin premio, como es natural.
El caso de 1974 en literatura es poco representativo, pero aún menos eludible. Vladímir Nabokov, Graham Greene y Saul Bellow fueron rechazados ese año para otorgar el premio a Eyvind Johnson (Retorno a Ítaca) y Harry Martinson (Ortigas en flor), dos escritores bastante conocidos en Suecia, entre otras cosas por ser miembros de la Academia Sueca.
No está claro cuánto podrán resistir los Nobel con su esquema actual. Los matemáticos y los paleontólogos siempre se han quejado de que no haya un Nobel para sus disciplinas, pero la lista de agraviados puede crecer pronto hasta límites insoportables. Porque tampoco hay un Nobel de computación, ni de nuevos materiales, ni de nanotecnología ni de climatología. Ni de cine, que se lo podrían haber dado a Ingmar Bergman sin hacer el ridículo.
***
UN EDITORIAL
'Premio Nobel de la Paz con guerra'
El Periódico, 10/12/2009
El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, ha aprovechado la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz para justificar la escalada en Afganistán –30.000 soldados más– y presentarla como un coste inevitable para lograr la paz. Como en otras muchas ocasiones en las que al personaje distinguido con el Nobel de la Paz le aguardaban en la habitación de al lado los generales de su Estado Mayor, Obama se ha visto obligado a presentar la guerra como una operación quirúrgica arriesgada, pero necesaria para asegurar el objetivo de la paz. Se trata de un ejercicio de realismo comprensible en alguien que, más allá de la retórica, no se ha presentado nunca como un pacifista irreductible.
Quienes creyeron que la elección de Obama constituía poco menos que una fractura epistemológica deben sentirse particularmente defraudados. Pero más que a Obama, que se ciñe a la tradición y las obligaciones imperiales, a quienes seguramente deben pedir explicaciones es a los integrantes del jurado del Nobel de la Paz, que otorgaron el premio sin considerar que seguramente iban a consagrar un oxímoron: un comandante en jefe en el campo de batalla distinguido como paladín de la paz.
Enfrentado al hecho de que la situación en Afganistán se degrada sin parar y a la presión de los generales, que piden más recursos para domeñar a los talibanes y neutralizar a Al Qaeda, Obama ha preferido el riesgo de una guerra sin subterfugios a los peligros no menores de un conflicto crónico sin vencedores ni vencidos. Detrás de él, el grueso del Congreso y una parte considerable de la opinión pública estadounidense parecen apoyar la elección y son pocos, fuera del mundo académico o del pacifismo militante, los que son partidarios de hacer las maletas y poner una fecha ineludible a la retirada.
La ocupación de Afganistán es un conflicto heredado que, como el de Irak, muchos parlamentarios demócratas apoyaron cuando el presidente George W. Bush ordenó atacar. También es un problema heredado la desastrosa situación sobre el terreno, la existencia en el país de un Gobierno incapaz y venal y las reticencias de los aliados, dispuestos a hacer acto de presencia, pero renuentes a asumir los riesgos inherentes al control del territorio. Razones todas más poderosas que la solemnidad del Nobel de la Paz, cuya tendencia al oportunismo viene de muy antiguo y quedó al descubierto hace mucho tiempo.
***
UN ARTÍCULO DE OPINIÓN
'Avanzando sobre el alambre'
El Periódico, 10/12/2009, ANTONI BASSAS, CORRESPONSAL DE TV3 EN WASHINGTON
El dibujante Herbert Block, que durante más de 50 años firmó a diario la tira política del Washington Post, decía que para que un artículo o un chiste funcionen deben contener una verdad esencial. La verdad esencial del discurso de Obama es muy amarga: hay guerras justas. La frase es terrible porque puede servir para justificar todas las guerras. Sin ir más lejos, Bush creía que sus guerras eran tan justas que incluso se podían declarar con carácter preventivo.
La diferencia entre los dos es que buena parte del mundo confía en la voluntad transformadora del actual presidente. Hasta el punto de que 43 países con tropas en Afganistán comparten una afirmación de ayer en Oslo: el mal existe. Con Al Qaeda no se puede negociar.
Ayer, el campeón de la paz tuvo que recordar que es el comandante en jefe de un Ejército. El pacifismo que inspira el Nobel casa mal con sus funciones ejecutivas. Por esto es un premio tan incómodo. Tan incómodo como el frágil alambre sobre el que Obama transita por esta presidencia.
El Obama que envía a 30.000 soldados más a la guerra –«algunos matarán»– abraza los principios de Gandhi y Luther King: «No hay nada débil, ni pasivo ni ingenuo en sus creencias, pero su solo ejemplo no es suficiente para un presidente». Podemos pensar que la ambivalencia no es más que cinismo refinado. Pero el Comité Nobel y millones de personas en todo el mundo siguen pensando que Obama es una rara oportunidad para la paz.
Le avalan sus incontables llamamientos a la resolución multilateral de los conflictos, su aproximación respetuosa al mundo islámico, sus llamamientos a un planeta libre de armas nucleares. Obama es una voz que inspira al mundo. Y ayer, esta voz que explicó en voz alta sus dilemas morales sobre las eternas cuestiones de la guerra y la paz, recordó también que si no queremos tener que enfrentarnos a una hidra de Al Qaedas, debemos trabajar juntos por la justicia y la dignidad de todos los seres humanos. A la paz por la justicia.
En el exterior le esperaban unos manifestantes con un rótulo concluyente: Lo has ganado. Ahora, gánatelo.
domingo, 29 de noviembre de 2009
TIPOS DE ARGUMENTO
PRINCIPALES TIPOS DE ARGUMENTO (pp. 107-123)
Fuente: Vela, Janneth. (2006) ¿Cómo escribir ensayos? Bogotá: Fondo de Publicaciones Universidad Sergio Arboleda.
Argumento de autoridad
Se trata de remitirse a las personas, entidades y organizaciones que han estudiado y trabajado sobre este tema, sea para establecer datos o hechos, sea para aclarar conceptos o verificar una opinión. Los datos, gráficos y datos textuales sólo podrán considerarse argumentos si cumples estas condiciones: 1) Manejan información relevante que aporta a la tesis planteada. Proviene de personas, instituciones o entidades que no están comprometidas con el tema tratado, y por lo tanto, son equilibradas. 2) Provienen de una fuente con trayectoria investigativa y amplio manejo del tema. 3) Sus afirmaciones no se basan en suposiciones o especulaciones, sino en investigaciones realizadas competentemente.
Las citas pueden incluirse también con la finalidad de aportar, afianzar, corroborar o contrastar datos que sean útiles para que el lector comprenda la relevancia y contexto del problema.
Argumento de ejemplo
Corresponde a la presentación de hechos particulares que puedan apoyar la existencia o persistencia de un fenómeno, la búsqueda de hechos que permitan extraer generalizaciones y deducciones concluyentes sobre un tema. Para que una generalización pueda ser apoyada con ejemplos es necesario: 1) Sean sucesos verdaderamente representativos en el tema que se está tratando. 2) Estos sucesos no estén alterados por factores o causas externas. 3) Los sucesos se repitan y puedan encontrarse en más de un caso. 4) Los contraejemplos que puedan aducirse no sean más significativos o recurrentes.
Argumento por analogía
Consiste en comparar o contrastar elementos en datos, gráficas, casos, situaciones cotidianas u opiniones, a fin de que apoye la tesis planteada. Intenta buscar semejanzas y diferencias entre dos casos. Es necesario que estos casos puedan compararse porque comparten un mismo contexto o responden a un tema similar. Es fundamental que este tipo de argumentos: 1) Tomen dos situaciones reales que tengan semejanzas y diferencias notables entre ellas y cuya comparación no requiera extrapolaciones o exageraciones. 2) No extraigan conclusiones más amplias que lo permitido por la naturaleza de los hechos que se están comparando.
Argumento acerca de las causas
Se argumenta una conclusión recurriendo al hecho que la origina. Requiere investigar en profundidad sobre un asunto. Es importante no sólo enunciar la causa sino también justificar y explicar dicha elección. Para hacer un buen argumento acerca de las causas es necesario: 1) Indagar acerca de la causa más probable y original del fenómeno planteado. 2) Asegurarse de que no se ha tomado un efecto por la causa. 3) Explicar y aclarar por qué lo enunciado es una causa del fenómeno. 4) Es importante relativizar la causa y no creer que es el único factor en juego a la hora de analizar el problema.
Argumentos deductivos
Algunas fórmulas clásicas de los argumentos deductivos son:
1) Si P, entonces Q. P, Por tanto Q.
2) Si C, entonces I. No I, por lo tanto, no C.
3) Si E, entonces C. Si C, entonces P. Por tanto, si E, entonces P.
4) M o I, No M. Por tanto, I. M, por tanto, no I.
5) R o J. Si R, entonces P. Si J, entonces, C. Por tanto, P o C.
6) Dado P o C. Si P, entonces E. Si C, entonces E. Por tanto, E.
7) Reducción al absurdo: la negación de la conclusión conduce al absurdo. Para probar P, se asume no P (P es falso). De aquí se deriva una implicación Q. Se muestra que Q es falso. Se concluye: P.
Apelaciones a las emociones
Ironías, advertencias, burlas, figuras, matices, dudas, apreciaciones personales… Pero se corre el riesgo de hacer demasiado subjetivo el desarrollo argumentativo y la sustentación de la tesis se vuelve banal y fácil de refutar.
Contraargumentos
Corresponden a las opiniones de personas diferentes al autor que estén en contra de la tesis planteada. El objetivo de incluir estas otras voces es invalidar otras tesis es mostrar su falta de solidez o sus contradicciones internas. El esquema a seguir sería: 1) Razón, indicador argumentativo y conclusión propia. 2) Argumento contrario. 3) Refutación del argumento contrario.
UNIVERSIDAD SIMÓN BOLÍVAR
LENGUAJE II
PROFA. ISABEL MARTINS
EJERCICIO SOBRE TIPOS DE ARGUMENTOS
1. Clasifique los argumentos que aparecen a continuación:
A. Definitivamente la mejor manera de preparar una cena es comprar verduras precocidas, una porción de proteínas naturales y disponer de una buena salsa. La razón para esto es simple: el cuerpo a esta hora del día requiere suplir las vitaminas, minerales y proteínas gastadas durante la jornada diaria.
B. Aunque los pobres no se empobrezcan más en las primeras etapas del crecimiento, la brecha entre ricos y pobres sí va aumentando. Si se observa el mundo en un mismo momento, parecería que esa relación sí se diera. Varios países asiáticos y casi todos los africanos son pobres, pero la distribución del ingreso entre ellos no es tan inequitativa. Sin embargo, Latinoamérica es más rica y la distribución del ingreso es peor. Los países del grupo (G 8) y los llamados “tigres asiáticos” son ricos y la distribución del ingreso en todos ellos es mucho más justa que en América Latina.
C. Si me hubiera atrevido a delinquir contra otros, con razón me habrías acusado de haberlo hecho también contra éste, pero si no creí conveniente vengarme de ninguno de mis enemigos anteriores, no iba a hacer daño a éste, con quien nunca tuve contacto de ningún tipo.
D. Hoy está fuera de toda duda de que el clima de la Tierra ha variado y que seguirá haciéndolo durante largo tiempo. A ello contribuyen los desastres naturales, como, por ejemplo, las erupciones volcánicas y los provocados por las acciones del ser humano. Así, tras la guerra del golfo a principios de 1991, durante la cual el ejército iraquí incendió todos los pozos de petróleo kuwaitíes, y la explosión del volcán filipino Pinatubo en junio de ese mismo año, se ha detectado el enfriamiento general de la Tierra en medio grado y en dos grados el de la zona tropical.
E. Muchas personas que invierten su tiempo libre en fiestas, discotecas y bares duermen poco. Muchas de las personas que duermen poco sufren trastornos de sueño y estos han sido catalogados por los estudiosos como una especie de patología sicológica. Resulta patente, por ende, que los que viven de rumba en rumba son unos enfermos y unos locos.
F. El hombre no parece hecho para el ocio, como tampoco lo está ningún animal. El descanso para el animal es tan sólo el sueño, la vigilia es siempre activa. La vigilia del animal salvaje es una constante disciplina de trabajo para lograr el alimento, para defenderse del enemigo, para obtener la hembra. No hay vacaciones para los seres que viven en la naturaleza.
2. Escriba un argumento según lo requerido en cada caso.
A. Es necesario defender a un sindicato por hurto en un supermercado, con un argumento de ejemplo.
B. Es necesario probar que no es conveniente dar dinero a los mendigos, con un argumento por las causas.
C. Es necesario convencer a un empresario de cerrar su fábrica de plásticos desechables, con un argumento por analogía.
D. Es necesario probarle al rector de un colegio que la jornada de clases debe ser de tan sólo cuatro horas diarias, con un argumento de autoridad.
E: Es necesario demostrar que la música comercial contemporánea disminuye el nivel cultural de los jóvenes, mediante un argumento deductivo.
Fuente: Vela, Janneth. (2006) ¿Cómo escribir ensayos? Bogotá: Fondo de Publicaciones Universidad Sergio Arboleda.
Argumento de autoridad
Se trata de remitirse a las personas, entidades y organizaciones que han estudiado y trabajado sobre este tema, sea para establecer datos o hechos, sea para aclarar conceptos o verificar una opinión. Los datos, gráficos y datos textuales sólo podrán considerarse argumentos si cumples estas condiciones: 1) Manejan información relevante que aporta a la tesis planteada. Proviene de personas, instituciones o entidades que no están comprometidas con el tema tratado, y por lo tanto, son equilibradas. 2) Provienen de una fuente con trayectoria investigativa y amplio manejo del tema. 3) Sus afirmaciones no se basan en suposiciones o especulaciones, sino en investigaciones realizadas competentemente.
Las citas pueden incluirse también con la finalidad de aportar, afianzar, corroborar o contrastar datos que sean útiles para que el lector comprenda la relevancia y contexto del problema.
Argumento de ejemplo
Corresponde a la presentación de hechos particulares que puedan apoyar la existencia o persistencia de un fenómeno, la búsqueda de hechos que permitan extraer generalizaciones y deducciones concluyentes sobre un tema. Para que una generalización pueda ser apoyada con ejemplos es necesario: 1) Sean sucesos verdaderamente representativos en el tema que se está tratando. 2) Estos sucesos no estén alterados por factores o causas externas. 3) Los sucesos se repitan y puedan encontrarse en más de un caso. 4) Los contraejemplos que puedan aducirse no sean más significativos o recurrentes.
Argumento por analogía
Consiste en comparar o contrastar elementos en datos, gráficas, casos, situaciones cotidianas u opiniones, a fin de que apoye la tesis planteada. Intenta buscar semejanzas y diferencias entre dos casos. Es necesario que estos casos puedan compararse porque comparten un mismo contexto o responden a un tema similar. Es fundamental que este tipo de argumentos: 1) Tomen dos situaciones reales que tengan semejanzas y diferencias notables entre ellas y cuya comparación no requiera extrapolaciones o exageraciones. 2) No extraigan conclusiones más amplias que lo permitido por la naturaleza de los hechos que se están comparando.
Argumento acerca de las causas
Se argumenta una conclusión recurriendo al hecho que la origina. Requiere investigar en profundidad sobre un asunto. Es importante no sólo enunciar la causa sino también justificar y explicar dicha elección. Para hacer un buen argumento acerca de las causas es necesario: 1) Indagar acerca de la causa más probable y original del fenómeno planteado. 2) Asegurarse de que no se ha tomado un efecto por la causa. 3) Explicar y aclarar por qué lo enunciado es una causa del fenómeno. 4) Es importante relativizar la causa y no creer que es el único factor en juego a la hora de analizar el problema.
Argumentos deductivos
Algunas fórmulas clásicas de los argumentos deductivos son:
1) Si P, entonces Q. P, Por tanto Q.
2) Si C, entonces I. No I, por lo tanto, no C.
3) Si E, entonces C. Si C, entonces P. Por tanto, si E, entonces P.
4) M o I, No M. Por tanto, I. M, por tanto, no I.
5) R o J. Si R, entonces P. Si J, entonces, C. Por tanto, P o C.
6) Dado P o C. Si P, entonces E. Si C, entonces E. Por tanto, E.
7) Reducción al absurdo: la negación de la conclusión conduce al absurdo. Para probar P, se asume no P (P es falso). De aquí se deriva una implicación Q. Se muestra que Q es falso. Se concluye: P.
Apelaciones a las emociones
Ironías, advertencias, burlas, figuras, matices, dudas, apreciaciones personales… Pero se corre el riesgo de hacer demasiado subjetivo el desarrollo argumentativo y la sustentación de la tesis se vuelve banal y fácil de refutar.
Contraargumentos
Corresponden a las opiniones de personas diferentes al autor que estén en contra de la tesis planteada. El objetivo de incluir estas otras voces es invalidar otras tesis es mostrar su falta de solidez o sus contradicciones internas. El esquema a seguir sería: 1) Razón, indicador argumentativo y conclusión propia. 2) Argumento contrario. 3) Refutación del argumento contrario.
UNIVERSIDAD SIMÓN BOLÍVAR
LENGUAJE II
PROFA. ISABEL MARTINS
EJERCICIO SOBRE TIPOS DE ARGUMENTOS
1. Clasifique los argumentos que aparecen a continuación:
A. Definitivamente la mejor manera de preparar una cena es comprar verduras precocidas, una porción de proteínas naturales y disponer de una buena salsa. La razón para esto es simple: el cuerpo a esta hora del día requiere suplir las vitaminas, minerales y proteínas gastadas durante la jornada diaria.
B. Aunque los pobres no se empobrezcan más en las primeras etapas del crecimiento, la brecha entre ricos y pobres sí va aumentando. Si se observa el mundo en un mismo momento, parecería que esa relación sí se diera. Varios países asiáticos y casi todos los africanos son pobres, pero la distribución del ingreso entre ellos no es tan inequitativa. Sin embargo, Latinoamérica es más rica y la distribución del ingreso es peor. Los países del grupo (G 8) y los llamados “tigres asiáticos” son ricos y la distribución del ingreso en todos ellos es mucho más justa que en América Latina.
C. Si me hubiera atrevido a delinquir contra otros, con razón me habrías acusado de haberlo hecho también contra éste, pero si no creí conveniente vengarme de ninguno de mis enemigos anteriores, no iba a hacer daño a éste, con quien nunca tuve contacto de ningún tipo.
D. Hoy está fuera de toda duda de que el clima de la Tierra ha variado y que seguirá haciéndolo durante largo tiempo. A ello contribuyen los desastres naturales, como, por ejemplo, las erupciones volcánicas y los provocados por las acciones del ser humano. Así, tras la guerra del golfo a principios de 1991, durante la cual el ejército iraquí incendió todos los pozos de petróleo kuwaitíes, y la explosión del volcán filipino Pinatubo en junio de ese mismo año, se ha detectado el enfriamiento general de la Tierra en medio grado y en dos grados el de la zona tropical.
E. Muchas personas que invierten su tiempo libre en fiestas, discotecas y bares duermen poco. Muchas de las personas que duermen poco sufren trastornos de sueño y estos han sido catalogados por los estudiosos como una especie de patología sicológica. Resulta patente, por ende, que los que viven de rumba en rumba son unos enfermos y unos locos.
F. El hombre no parece hecho para el ocio, como tampoco lo está ningún animal. El descanso para el animal es tan sólo el sueño, la vigilia es siempre activa. La vigilia del animal salvaje es una constante disciplina de trabajo para lograr el alimento, para defenderse del enemigo, para obtener la hembra. No hay vacaciones para los seres que viven en la naturaleza.
2. Escriba un argumento según lo requerido en cada caso.
A. Es necesario defender a un sindicato por hurto en un supermercado, con un argumento de ejemplo.
B. Es necesario probar que no es conveniente dar dinero a los mendigos, con un argumento por las causas.
C. Es necesario convencer a un empresario de cerrar su fábrica de plásticos desechables, con un argumento por analogía.
D. Es necesario probarle al rector de un colegio que la jornada de clases debe ser de tan sólo cuatro horas diarias, con un argumento de autoridad.
E: Es necesario demostrar que la música comercial contemporánea disminuye el nivel cultural de los jóvenes, mediante un argumento deductivo.
SOBRE EL COMENTARIO CRÍTICO
SUPERESTRUCTURA:
INTRODUCCIÓN
Identificación del material.
Planteamiento fundamental. Título. Autor.
Tema central. (¿De qué trata el texto?)
DESARROLLO
Interpretación
Valoración
Intencionalidad del autor del texto.
Aspectos relevantes.
Acuerdos. Razones.
Desacuerdos. Razones.
Otros aspectos (recursos estilísticos, aspectos formales, etc.)
CONCLUSIÓN
Aportes personales Recomendaciones.
Proyección al futuro.
Opinión.
INTRODUCCIÓN
Identificación del material.
Planteamiento fundamental. Título. Autor.
Tema central. (¿De qué trata el texto?)
DESARROLLO
Interpretación
Valoración
Intencionalidad del autor del texto.
Aspectos relevantes.
Acuerdos. Razones.
Desacuerdos. Razones.
Otros aspectos (recursos estilísticos, aspectos formales, etc.)
CONCLUSIÓN
Aportes personales Recomendaciones.
Proyección al futuro.
Opinión.
SOBRE LA ARGUMENTACIÓN (material teórico)
Cicerón definía la argumentación como «el discurso mediante el cual se aducen pruebas para dar crédito, autoridad y fundamento a nuestra proposición». Argumentar consiste, pues, en aportar razones para defender una opinión y convencer así a un receptor para que piense de una determinada forma. La argumentación se utiliza normalmente para desarrollar temas que se prestan a controversia, y su objetivo fundamental es ofrecer una información lo más completa posible, a la vez que intentar persuadir al lector u oyente mediante un razonamiento.
Por ejemplo, María le dice a Juan: Deja de fumar, que te vas a destrozar los pulmones. María ha expresado una petición argumentándola (el tabaco perjudica los pulmones) para así justificar la conclusión a la que quiere llegar: No hay que fumar.
Si la persona que argumenta conoce en profundidad el tema del que habla, diremos que es un emisor cualificado. En cambio, cuando el hablante que argumenta transmite un mensaje elaborado por otros (los testimonios de famosos en la publicidad, por ejemplo), diremos que es un emisor interpuesto.
La argumentación y la exposición están estrechamente relacionadas: se expone para informar de algo y esta exposición se puede argumentar para convencer y persuadir de alguna propuesta. Ambas se pueden presentar de forma independiente. Sin embargo, frecuentemente se unen para formar textos expositivo-argumentativo: editoriales, reportajes, ensayos, críticas, informes, solicitudes, alegaciones, opiniones, tesis, sentencias...
Estructuración
Un texto argumentativo consta de:
1. Tesis. Es la idea fundamental en torno a la que se reflexiona; puede aparecer al principio o al final del texto. Ha de presentarse clara y objetivamente. Puede encerrar en sí varias ideas, aunque es aconsejable que no posea un número excesivo de ellas, pues provocaría la confusión en el receptor y la defensa de la misma entrañaría mayores dificultades.
2. Cuerpo argumentativo. Despliega la idea o ideas que se pretende demostrar desde dos perspectivas: una de defensa de ellas, y otra de refutación contra previsibles objeciones. Esta última actitud no es necesario que esté presente, pero sí la primera. Consta, por tanto, de:
A. Argumentos. Una vez expuesta la tesis, comienza el razonamiento en sí, es decir, se van ofreciendo los argumentos para confirmarla o rechazarla.
B. Refutación. Puede hacerse de una tesis admitida o de las posibles objeciones que podría hacer el adversario a un argumento concreto.
3. Conclusión. El autor, en su demostración, reflexiona sobre el tema desde todos los ángulos, hasta llegar al objetivo deseado, que se ofrece como conclusión, a menudo anunciada al comienzo del escrito. Puede presentarse de varias formas:
A. Afirmación de una tesis. El contenido que desarrolla el autor se presta en su final a abstraer de los datos o ejemplos aducidos una idea general, explicativa del problema o de los fenómenos que se traten, la cual asume un rango de tesis.
B. Con carácter sugeridor. Este tipo de conclusiones se distinguen porque el escrito, si bien en el estadio final recoge en síntesis la idea sustancial de la exposición, no llega a hacer como definitivo su razonamiento o a completar su información. El autor apunta sugerencias para futuros trabajos, abriendo caminos hacia otras perspectivas antes de poner punto final a su propio texto.
Estrategias discursivas
Las estrategias argumentativas son todos aquellos procedimientos discursivos que, de modo intencional y consciente, utiliza el hablante o el escritor para incrementar la eficacia del discurso al convencer o persuadir al destinatario en una situación comunicativa donde exista la argumentación.
- Definición (se parte de una definición para crear concenso)
- Referencias (históricas, literarias, etc.)
- Citas / citas de autoridad ( se apela a las autoridades en el tema para dar fuerza al planteamiento)
- Preguntas retóricas (para provocar la reflexión del lector)
- Contra-argumentación (anticipar y desmontar las posibles críticas a los argumentos propuestos)
- Ejemplificacion (casos concretos)
- Comparación
• Metáfora
• Analogía (asociación de dos hechos o ideas por similitud)
• Contraste / contraposición (dos posturas o ideas divergentes)
- Concesión (se reconoce cierta validez en posiciones contrarias a la propia)
- Ironía
- Datos / hechos / cifras / estadísticas
- Anécdotas
- Opiniones personales
Características lingüísticas
1. La distribución del razonamiento en párrafos ayuda a asimilar mejor el contenido, a la vez que favorece la organización de las ideas. Es indudable que un texto debidamente fragmentado en párrafos es más fácilmente interpretado y asimilado que un texto indiviso.
2. Los nexos aseguran la evolución progresiva del texto, pues delimitan los párrafos entre sí, además de señalar los cambios de contenido y de reflejar cualquier variación que se produzca en el desarrollo del tema (conexión, restricción, oposición, relación causa-consecuencia, etc.). Suelen ser frecuentes los nexos consecutivos que introducen la conclusión a la que se ha llegado tras el razonamiento y que consolidan, por tanto, la opinión del autor. (en definitiva, en consecuencia, de este modo...).
3. Normalmente se emplea la oración de modalidad enunciativa, con el fin de transmitir una total objetividad. Por el contrario, las modalidades exclamativas, interrogativas o dubitativas son más frecuentes en textos donde se acentúa la actitud personal del escritor.
4. Cuando se trata de un tema conflictivo parece ser habitual que el autor introduzca elementos subjetivos, como si no pudiera evitar la intromisión apasionada de su punto de vista en la argumentación.
5. Es frecuente también la utilización de frases irónicas, que tienden a desestimar los argumentos opuestos a la tesis presentada. La ironía da por verdadera y seria una afirmación evidentemente falsa; tiene como finalidad reprochar algo al interlocutor, o hacerle partícipe de la burla o indignación del autor.
6. Ha de conseguirse la coherencia en su estructuración interna y también ha de observarse la claridad en la elocución.
7. El uso de la repetición potencia el efecto de convicción en el lector y favorece la cohesión entre las oraciones de un párrafo. No resulta adecuada en textos científicos, pues no aporta nada nuevo.
8. Es frecuente el empleo de tecnicismos correspondientes a la disciplina de la que trate el texto.
9. Se utiliza una sintaxis compleja, con largos períodos oracionales. Predomina la subordinación, más acorde con la expresión del razonamiento.
10. Se usan también los incisos cuya finalidad es la de aclarar algún aspecto que si bien se considera secundario, puede servir de apoyo al hecho principal.
Decálogo para elaborar un texto argumentativo
1. Determinar claramente cuál es la tesis del texto.
2. Definir el receptor a quien va dirigido el texto.
3. Cualquier afirmación ha de estar sustentada por una serie de argumentos, por lo que habrá que buscar todos los argumentos posibles a favor de la tesis.
4. Tener en consideración las opiniones, creencias y valores del destinatario para elegir aquellos argumentos que mejor puedan convencerle y desestimar los restantes.
5. Deben preverse las posibles objeciones del adversario a dichos argumentos.
6. Una buena introducción contribuye a captar la aprobación del auditorio.
7. El orden de los argumentos es un factor esencial. En beneficio del mismo, se evitarán las divagaciones, que podrían entorpecer la comprensión. Los argumentos más sólidos se deben incluir al final.
8. La conclusión debe tener fuerza e interés para ganar la complacencia del auditorio.
9. Emplear la lengua de forma adecuada, concisa y clara, sin renunciar a la ayuda que pueden proporcionar los recursos literarios.
10. Si la exposición es oral, conviene memorizar de modo general el texto para producir una buena impresión de seguridad en los oyentes.
Fuente: http://recursos.cnice.mec.es/lengua/profesores/eso2/t3/teoria_1.htm#arriba
Nota: damos las gracias a la profa. Adlin Prieto por estos materiales.
Por ejemplo, María le dice a Juan: Deja de fumar, que te vas a destrozar los pulmones. María ha expresado una petición argumentándola (el tabaco perjudica los pulmones) para así justificar la conclusión a la que quiere llegar: No hay que fumar.
Si la persona que argumenta conoce en profundidad el tema del que habla, diremos que es un emisor cualificado. En cambio, cuando el hablante que argumenta transmite un mensaje elaborado por otros (los testimonios de famosos en la publicidad, por ejemplo), diremos que es un emisor interpuesto.
La argumentación y la exposición están estrechamente relacionadas: se expone para informar de algo y esta exposición se puede argumentar para convencer y persuadir de alguna propuesta. Ambas se pueden presentar de forma independiente. Sin embargo, frecuentemente se unen para formar textos expositivo-argumentativo: editoriales, reportajes, ensayos, críticas, informes, solicitudes, alegaciones, opiniones, tesis, sentencias...
Estructuración
Un texto argumentativo consta de:
1. Tesis. Es la idea fundamental en torno a la que se reflexiona; puede aparecer al principio o al final del texto. Ha de presentarse clara y objetivamente. Puede encerrar en sí varias ideas, aunque es aconsejable que no posea un número excesivo de ellas, pues provocaría la confusión en el receptor y la defensa de la misma entrañaría mayores dificultades.
2. Cuerpo argumentativo. Despliega la idea o ideas que se pretende demostrar desde dos perspectivas: una de defensa de ellas, y otra de refutación contra previsibles objeciones. Esta última actitud no es necesario que esté presente, pero sí la primera. Consta, por tanto, de:
A. Argumentos. Una vez expuesta la tesis, comienza el razonamiento en sí, es decir, se van ofreciendo los argumentos para confirmarla o rechazarla.
B. Refutación. Puede hacerse de una tesis admitida o de las posibles objeciones que podría hacer el adversario a un argumento concreto.
3. Conclusión. El autor, en su demostración, reflexiona sobre el tema desde todos los ángulos, hasta llegar al objetivo deseado, que se ofrece como conclusión, a menudo anunciada al comienzo del escrito. Puede presentarse de varias formas:
A. Afirmación de una tesis. El contenido que desarrolla el autor se presta en su final a abstraer de los datos o ejemplos aducidos una idea general, explicativa del problema o de los fenómenos que se traten, la cual asume un rango de tesis.
B. Con carácter sugeridor. Este tipo de conclusiones se distinguen porque el escrito, si bien en el estadio final recoge en síntesis la idea sustancial de la exposición, no llega a hacer como definitivo su razonamiento o a completar su información. El autor apunta sugerencias para futuros trabajos, abriendo caminos hacia otras perspectivas antes de poner punto final a su propio texto.
Estrategias discursivas
Las estrategias argumentativas son todos aquellos procedimientos discursivos que, de modo intencional y consciente, utiliza el hablante o el escritor para incrementar la eficacia del discurso al convencer o persuadir al destinatario en una situación comunicativa donde exista la argumentación.
- Definición (se parte de una definición para crear concenso)
- Referencias (históricas, literarias, etc.)
- Citas / citas de autoridad ( se apela a las autoridades en el tema para dar fuerza al planteamiento)
- Preguntas retóricas (para provocar la reflexión del lector)
- Contra-argumentación (anticipar y desmontar las posibles críticas a los argumentos propuestos)
- Ejemplificacion (casos concretos)
- Comparación
• Metáfora
• Analogía (asociación de dos hechos o ideas por similitud)
• Contraste / contraposición (dos posturas o ideas divergentes)
- Concesión (se reconoce cierta validez en posiciones contrarias a la propia)
- Ironía
- Datos / hechos / cifras / estadísticas
- Anécdotas
- Opiniones personales
Características lingüísticas
1. La distribución del razonamiento en párrafos ayuda a asimilar mejor el contenido, a la vez que favorece la organización de las ideas. Es indudable que un texto debidamente fragmentado en párrafos es más fácilmente interpretado y asimilado que un texto indiviso.
2. Los nexos aseguran la evolución progresiva del texto, pues delimitan los párrafos entre sí, además de señalar los cambios de contenido y de reflejar cualquier variación que se produzca en el desarrollo del tema (conexión, restricción, oposición, relación causa-consecuencia, etc.). Suelen ser frecuentes los nexos consecutivos que introducen la conclusión a la que se ha llegado tras el razonamiento y que consolidan, por tanto, la opinión del autor. (en definitiva, en consecuencia, de este modo...).
3. Normalmente se emplea la oración de modalidad enunciativa, con el fin de transmitir una total objetividad. Por el contrario, las modalidades exclamativas, interrogativas o dubitativas son más frecuentes en textos donde se acentúa la actitud personal del escritor.
4. Cuando se trata de un tema conflictivo parece ser habitual que el autor introduzca elementos subjetivos, como si no pudiera evitar la intromisión apasionada de su punto de vista en la argumentación.
5. Es frecuente también la utilización de frases irónicas, que tienden a desestimar los argumentos opuestos a la tesis presentada. La ironía da por verdadera y seria una afirmación evidentemente falsa; tiene como finalidad reprochar algo al interlocutor, o hacerle partícipe de la burla o indignación del autor.
6. Ha de conseguirse la coherencia en su estructuración interna y también ha de observarse la claridad en la elocución.
7. El uso de la repetición potencia el efecto de convicción en el lector y favorece la cohesión entre las oraciones de un párrafo. No resulta adecuada en textos científicos, pues no aporta nada nuevo.
8. Es frecuente el empleo de tecnicismos correspondientes a la disciplina de la que trate el texto.
9. Se utiliza una sintaxis compleja, con largos períodos oracionales. Predomina la subordinación, más acorde con la expresión del razonamiento.
10. Se usan también los incisos cuya finalidad es la de aclarar algún aspecto que si bien se considera secundario, puede servir de apoyo al hecho principal.
Decálogo para elaborar un texto argumentativo
1. Determinar claramente cuál es la tesis del texto.
2. Definir el receptor a quien va dirigido el texto.
3. Cualquier afirmación ha de estar sustentada por una serie de argumentos, por lo que habrá que buscar todos los argumentos posibles a favor de la tesis.
4. Tener en consideración las opiniones, creencias y valores del destinatario para elegir aquellos argumentos que mejor puedan convencerle y desestimar los restantes.
5. Deben preverse las posibles objeciones del adversario a dichos argumentos.
6. Una buena introducción contribuye a captar la aprobación del auditorio.
7. El orden de los argumentos es un factor esencial. En beneficio del mismo, se evitarán las divagaciones, que podrían entorpecer la comprensión. Los argumentos más sólidos se deben incluir al final.
8. La conclusión debe tener fuerza e interés para ganar la complacencia del auditorio.
9. Emplear la lengua de forma adecuada, concisa y clara, sin renunciar a la ayuda que pueden proporcionar los recursos literarios.
10. Si la exposición es oral, conviene memorizar de modo general el texto para producir una buena impresión de seguridad en los oyentes.
Fuente: http://recursos.cnice.mec.es/lengua/profesores/eso2/t3/teoria_1.htm#arriba
Nota: damos las gracias a la profa. Adlin Prieto por estos materiales.
jueves, 26 de noviembre de 2009
martes, 24 de noviembre de 2009
SOBRE LA FELICIDAD
ELOGIO DEL MALESTAR
Rosa Montero
En las sociedades ricas y seguras cada vez soportamos menos el dolor. En primer lugar, el dolor físico. De lo cual, en líneas generales, me congratulo, porque es una consecuencia del avance médico y técnico, y porque no creo que uno deba sufrir en su carne si puede evitarlo. Aun así, lo cierto es que nos estamos convirtiendo en unos seres blandengues y quejicas. Por ejemplo, durante toda la historia de la Humanidad, y hasta hace muy poco (en algunos países aún es así), la gente se sacaba las muelas a lo vivo, cosa que de sólo pensarla me produce vahídos. Y, sin embargo, nuestros antepasados lo aguantaban. No añoro ni por asomo esos tiempos rudos y épicos, pero lo cierto es que nuestra actual dependencia de todo tipo de analgésicos y anestesias nos ha hecho probablemente más felices, pero también físicamente más débiles y más menesterosos.
Pero lo que encuentro verdaderamente preocupante e incluso peligroso es nuestra falta de resistencia ante el dolor vital. Qué digo dolor, ni siquiera eso: hoy en día no soportamos ni el más pequeño malestar. Aturdidos, envenenados y engañados por la imagen del mundo que nos ofrecen las películas, los programas de televisión y, sobre todo, la publicidad, tendemos a creer que la vida es una fiesta permanente llena de familias felices correteando con sus preciosos perros por campos primaverales, de amores que no acaban nunca, de ejecutivos con trabajos apasionantes e importantísimos, de cocinas impecables en las que las amas de casa (todas ellas guapas y vivaces) se lo pasan bomba, de una cotidianidad siempre triunfal. ¡Pero si hasta limpiar una pila llena de cacharros grasientos parece ser un auténtico jolgorio! Y cuando algún anuncio refleja un malestar, un dolor de cabeza, un comienzo de gripe, enseguida, tras la correspondiente medicina, la felicidad vuelve a estallar en un paroxismo jubiloso.
El concepto actual de la felicidad es relativamente moderno. Durante la Edad Media, por ejemplo, la gente vivía instalada en lo contrario, en la aceptación del dolor como único destino, en el llanto perpetuo de la pérdida del Paraíso y el entendimiento de este mundo como valle de lágrimas. Hasta el siglo XII, el modelo imperante de la existencia humana era el santo Job, que se lamía las llagas y se revolcaba en el estiércol, aceptando mansamente descomunales pesadumbres. Pero después, a medida que se fue desarrollando la conciencia individual, los humanos fuimos aspirando más y más a conseguir el gozo en este mundo. En el siglo XVIII, explosivo y revolucionario, se escribieron numerosos Discursos sobre la Felicidad que ya planteaban el tema en términos modernos: “No me puedo creer que haya venido a este mundo para ser desdichada”, decía Madame du Châtelet. Es una afirmación plenamente contemporánea y un logro en el desarrollo del ser humano.
Pero una cosa es aspirar a ser feliz y saber que tienes derecho a ello, y otra esta ramplona obligatoriedad de la dicha perpetua. Hoy la gente no soporta la más mínima inquietud o pesadumbre. O bien nos aturdimos compulsivamente para no sentir y no pensar, o bien nos espantamos y nos creemos deprimidos o en crisis. Pero el problema es que la existencia es siempre crítica, siempre inestable, siempre irregular. No es posible vivir sin altibajos, sin miedos, sin frustraciones, sin penas, sin dolor, sin desasosiego. No se puede vivir sin cosechar fracasos. Luego, claro está, también existen los momentos perfectos, los triunfos, las risas, los diversos amores, toda esa belleza que seremos más capaces de apreciar si aceptamos, precisamente, la cuota de malestar. Porque la vida es muy hermosa, pero duele.
Hace dos o tres años entrevisté a Lucía Bosé. En un momento determinado, le pregunté cómo eran sus días en el minúsculo pueblecito segoviano en el que reside. Se quedó pensando unos instantes y dijo: “Cuando llegas a los setenta años, por la mañana te despiertas y te preguntas: ¿Me levanto, o no me levanto? Porque mi mente sí se levanta, pero mi cuerpo no se quiere levantar… y entonces es esa lucha. Al final te levantas y te tomas un café doble bien cargado y después ya arrancas tu vida”. Me pareció una respuesta hermosa, el reconocimiento de ese cuerpo de articulaciones doloridas, del desasosiego de la vejez. Del malestar. Y a pesar de eso, o quizá justo por eso, toda la intensidad de la existencia. Señoras y señores, esto es la vida.
***
ESTE MUNDO TAN FELIZ
Rosa Montero
He aquí una noticia insospechada: el ser humano es un animal esencialmente feliz. O eso parece deducirse de un montón de estudios y de encuestas. Ya sé que resulta difícil de creer, porque la insatisfacción nos corroe, perseguimos quimeras, alimentamos frustraciones y somos por definición bichos inquietos. Por no hablar de los dolores habituales de la vida (la enfermedad, la pérdida, la muerte) y de los horrores que nos infligimos unos a otros: guerras, torturas, abusos y miserias. Por lo general tenemos el sufrimiento de la existencia tan presente que tendemos a concebir el mundo como un valle de lágrimas, y la desdicha nos parece mucho más abundante y más auténtica. Por ejemplo, según cifras de la OMS, cada día se suicidan 3.000 personas en el planeta, lo que viene a ser una cada treinta segundos. Este dato, espectacular, no lo ponemos en duda, desde luego, y ni tan siquiera nos sorprende. Estamos habituados a pensar en el aplastante peso de la vida.
Y, sin embargo, todo parece indicar que, a poco que le dejen, el ser humano intenta ser dichoso y lo consigue. Diversas investigaciones demuestran que, en tiempos de paz, la mayoría de los individuos se consideran a sí mismos más felices que infelices. He aquí una pregunta curiosa y digna de hacérsela uno mismo: si tuvieras que puntuar tu felicidad o tu grado de satisfacción ante la vida del 1 al 10, siendo 1 la desdicha absoluta y 10 la dicha más completa, ¿qué nota te darías? Cruzo artesanal y burdamente los complejos datos de varias encuestas (algunas tan enormes como la World Values Survey, sobre una muestra de 118.000 personas procedentes de 96 países) y me encuentro con que, de media, los individuos que escogen el 1 suman más o menos un 5%, mientras que los que se califican con un 10 están en torno al 12%. Lo cual es asombroso: si me hubieran preguntado antes de ver los resultados, hubiera predicho que nadie o casi nadie se otorgaría a sí mismo un diez redondo. En total, más de un 60% de las personas se ponen una nota de 6 o superior.
Y, por lo visto, esa felicidad tiende a aumentar, y desde luego parece tener una relación directa con el desarrollo económico, cultural y democrático. Los ricos también lloran, pero menos. Hay un trabajo interesantísimo de la ya citada World Values Survey sobre la evolución de la felicidad en 24 países en las últimas décadas. En este caso, la tabla de medidas va del 1 (nada feliz) al 4 (totalmente feliz). La media de todos los países está en torno al 3. Tres países, Suiza, Estados Unidos y Noruega, no muestran ni aumento ni disminución en su percepción de felicidad en los últimos treinta años; cuatro son un poco más infelices (Austria, Bélgica, Gran Bretaña y Alemania del Oeste), y el resto han subido. Entre ellos España, que, de 1981 a 2006, tortuguea en una lentísima, ínfima ascensión desde el 3 hacia el 3,1. Por cierto que no es, ni con mucho, el mejor resultado; por ejemplo, Irlanda, de 1977 a1999, subió de 3,1 a 3,4. Y Puerto Rico, de 2,9 a 3,5 entre 1963 y 2006. Nosotros estamos actualmente más o menos al nivel de la India, que ha subido de 2,6 a casi 3,1 desde 1975 hasta ahora. O sea que mucho alardear de nuestro carácter jaranero, de las fiestas y las copas y los amigos, del sol español y demás pamplinas, pero somos relativamente menos dichosos que la mayoría.
Y, aun así, lo maravilloso es comprobar que también somos mayoritariamente felices. Si nuestra media es de 3, eso quiere decir que nos estamos otorgando un notable alto.
Pero aún hay algo más: recientes investigaciones psicológicas parecen demostrar que los más felices (ese 12% que está arriba del todo) no son aquellos a quienes les va mejor en la vida. Un poquito menos de felicidad ayuda a ser más longevo (los ultrafelices tienden a desdeñar preocupaciones y miedos que a menudo son útiles avisos), a ganar más dinero, a desarrollarse más intelectualmente y a tener más éxito (porque cierta insatisfacción espolea la vida). Los mejores resultados, en fin, se consiguen en torno a una puntuación de 8 o de 9. O sea que esta maravillosa vitalidad nuestra, tenaz y adaptativa, no sólo nos ha regalado una propensión básica a la dicha, una alegría orgánica, innata y animal, sino que también le ha dejado un lugar y le ha dado una utilidad al dolor, al malestar y la melancolía. Qué prodigio, la vida.
***
MECANISMOS DE LA FELICIDAD HUMANA
Autora: Stefany Carrillo
Carnet USB: 0810186
ENSAYO PARA EL CONCURSO
“SEGUNDO SERRANO PONCELA”
EDICIÓN 2009
Sartenejas, 23 de abril de 2009.
En una encuesta del World Values Survey que pretendía determinar los índices de felicidad en el mundo, se le preguntó a la gente: “¿Diría usted que es muy feliz, bastante feliz, no muy feliz o nada feliz?”. Los resultados demostraron que el país más feliz del mundo era Venezuela, donde el 55% de los encuestados dijeron ser “muy felices”. A pesar de esto, resulta curioso que los mismos venezolanos no se encuentran complacidos con su propio récord; basta escuchar las opiniones sobre el tema, donde ellos declaran que la situación inestable del país no los hace felices. ¿Qué motivo los ha hecho cambiar de posición?
La pregunta realizada en la encuesta es una clave importante. Se le pide al individuo que elija una categoría según qué tan feliz se sienta y luego estas respuestas se clasifican por el país donde fueron elaboradas; esto significa que la pregunta no incluía el lugar de residencia como un factor directo que modificase la valoración. Sin embargo, es interesante observar que al sustituir la interrogante por “¿Qué tan feliz se considera en este país?” las repuestas cambian drásticamente.
Ambas encuestas parecen dar a conocer dos tipos de felicidad distinta: en la primera los venezolanos se dicen estar rodeados de amigos y seres queridos, sonríen ante las dificultades, se describen como alegres y divertidos, disfrutan de su cultura y, en consecuencia, dicen sentirse muy felices. Pero al incluir en esta valoración la sensación que les produce la situación del país, comienzan a surgir cientos de quejas por necesidades no satisfechas: alegan sentirse inseguros, preocupados, sin libertad, inestables y, por tanto, no tan felices.
Entonces, ¿los venezolanos son muy felices, pero no tanto? Los criterios tomados en cuenta son muy distintos. Al contestar la encuesta que les otorgaría el récord Guiness ellos valoraron más bien una felicidad que tenía que ver con su situación sentimental. Es una felicidad emotiva, espiritual. Mientras que al mencionarlos como los habitantes del país “más feliz del mundo” se sienten contrariados, “¿¡pero si en Venezuela paso tanto trabajo!?”; en este caso hablan más bien de una felicidad que se refiere a la satisfacción de sus necesidades.
Estas reacciones han revelado que al parecer la felicidad consta de dos partes: la felicidad subjetiva (de tipo emocional) y la felicidad objetiva, que se produce como resultado inmediato de la satisfacción.
Aunque la felicidad como sensación puede describirse del mismo modo para cualquier individuo, la forma de conseguirla varía según el tipo de sociedad donde se desenvuelva. La cultura y los valores que se le hayan inculcado al sujeto influyen directamente en los criterios que considere para conseguir felicidad.
En el mundo occidental nos presentan ideales de felicidad que se basan en la búsqueda del placer, la perfección y el éxito social; y aunque podemos llamar esto como felicidad objetiva, puede causar incluso un efecto más bien de infelicidad y vacío. Entonces, ¿son completamente errados estos criterios? Quizás no del todo mientras estos no se conviertan en un fin, sino en un medio para alcanzar una felicidad “plena”, es decir, cuando logra complementarse con la felicidad subjetiva.
Hay que darse cuenta que de por sí sola, la felicidad objetiva no es verdadera. Cumplir metas y satisfacer necesidades no implican felicidad real, sin importar cuanto esfuerzo requiera ni con cuanto anhelo lo deseemos. Recordemos la película de Orson Welles, “Ciudadano Kane”. La historia cuenta que Kane, un hombre de origen humilde, tras muchos años de educación y esfuerzo consigue manejar una gran fortuna y hacer todo lo que se propone: posición social, gran cantidad de bienes materiales, influencia político-económica, mujeres, entre tantas cosas, y no obstante al final de su vida no es feliz. ¿No era todo esto lo que garantizaba la felicidad? Kane carecía de afecto y verdadero trato humano, y su último pensamiento no fue sino para un objeto cargado de valor emocional, el cual evocaba el recuerdo nostálgico de una época en la que fue feliz y sin embargo no tenía nada. Antes de morir, Kane se da cuenta de que jamás obtuvo en su vida lo que en realidad quería. Es decir, todas las cosas que logró no eran un fin, como él mismo en vida creyó, sino que había algo más dentro de él que reclamaba ser atendido y que ninguna de estas cosas logró hacerlo.
Pensar con detenimiento y a fondo qué es lo que en realidad se quiere no es tan sencillo, y la respuesta puede variar en cada persona. No existe una pauta a seguir para cubrir la felicidad subjetiva, como la hay para la satisfacción de comer cuando se tiene hambre o dormir cuando se tiene sueño. Hay una escena en la película “Nosferatu: Phatom der nacht” de 1979, donde Drácula frente a Lucy le menciona que “lo realmente doloroso es vivir toda una eternidad sin amor”. Drácula no se refiere en sí al amor de pareja, sino al afecto que por su naturaleza le ha sido negado. A pesar de su fortuna, sus poderes sobrenaturales y su inmortalidad, Drácula lo único que anhela es sentirse humano, o mejor dicho, sentir “humanidad”.
Si hay alguna manera de generalizar la felicidad emotiva y el modo de alcanzarla podría ser humanidad. Algunos la identifican como tranquilidad espiritual, mientras otros dicen sentirla cuando son útiles a los demás; unos la perciben cuando están rodeados de amigos, otros la prefieren en la soledad que les permite estar consigo mismos. Hay tantas formas de felicidad emocional como personas en el mundo, pero lo que la caracteriza es la humanidad. Las hormigas, por ejemplo, no se preocupan por todas estas cosas y logran exitosamente su objetivo de supervivencia, el cual es la verdadera finalidad de toda forma de vida. Los seres humanos también buscamos “supervivir”, pero nos diferenciamos mucho en complejidad al resto de las especies, y por nuestra capacidad de razonar y necesidad de respuesta a nuestras dudas, la búsqueda de la felicidad se trasforma en un valor agregado a dicha complejidad. Pero esta búsqueda puede volverse nociva: al igual que Drácula, hemos destruido tanto y hecho tanto daño buscando felicidad que nuestra capacidad de supervivir parece agotarse, nos hacemos egoístas, nos “deshumanizamos” y nos hacemos desmerecedores de la felicidad.
La “deshumanización” se debe a que nuestros criterios no fueron verdaderamente acertados. Nos llenamos de lujo y placer, intentamos alejarnos del dolor y buscamos la perfección intentando alcanzar esa tan codiciada sensación de bienestar pleno, sin detenernos a pensar las consecuencias que esto acarreará tanto para los demás como para nosotros mismos. Sin embargo, una vida llena de pobreza material e insatisfacción no nos traerá felicidad, no al menos al dejar de ser suficientes para nuestra autorrealización y tranquilidad.
Podemos imaginar un grupo familiar unido cuyo bienestar emocional de sus integrantes es aparentemente bastante elevado; podría deberse esto a sólidos vínculos afectivos, respeto, confianza, comunicación, entre otras cosas que brindan cierta paz interior con respecto al conjunto de personas con quienes se conviven a diario. A pesar de esto, ciertas situaciones de origen material pueden ir contrarias a esta felicidad y reducirla en consecuencia: las sensaciones de frustración al no poder conseguir lo que se quiere, la angustia provocada por deudas económicas, la nostalgia por un ser querido, las necesidades insatisfechas de seguridad y salud, seguido de una extensa lista de realidades cuyo impacto poco a poco va erosionando la felicidad plena. La felicidad subjetiva complementa la felicidad emocional; en el caso de que la primera sea escasa se verá afectada la segunda, o bien, cuando estas no se complementan, decaen, siendo siempre la felicidad plena la que está en juego.
No obstante, por más que nos esforcemos en atender la felicidad objetiva y la felicidad subjetiva por igual, podemos conseguir felicidad plena pero no constante. El mismo hecho de “esforzarnos” por conseguirlo nos llenaría de frustraciones y sinsabores debido a miles de factores que son impredecibles e imposibles de cambiar. Conseguir la felicidad se transformaría además en una meta en busca de satisfacción, y como se ha mencionado antes, cumplir objetivos no es verdadera fuente de bienestar. La situación emocional de un individuo es variable en el espacio, en el tiempo y en él mismo, sin contar los innumerables sucesos que van más allá de la manipulación del sujeto que sin duda afectarán su vida material y espiritual a la vez. Al igual de lo que propone la teoría del caos, los procesos de la realidad dependen de un enorme conjunto de circunstancias inciertas que no podemos manejar. En otras palabras, los hechos contrarios a la felicidad por más, que los rechacemos, existen y se presentaran en nuestra vida sin que podamos evitarlo. Sucede al igual como no podemos evitar un accidente: por más medidas que tomemos, un sencillo incidente puede desencadenar en sucesos mucho más grandes. ¿Quién podía impedirlo? ¿Quién podía elegir quién saldría afectado o quién no? ¿Quién podía predecir el lugar y el momento en que se produciría el accidente? Ciertamente, nadie puede. No está en las manos humanas modificar los acontecimientos directamente, pero lo que si podemos hacer es decidir la manera de afrontarlos.
En la naturaleza nada es uniforme y permanente, sino que se consigue la estabilidad en el equilibrio entre elementos contrastantes, comprende de ciclos y de cambios continuos. No puede existir por tanto, felicidad sin una dosis de desdicha. En consecuencia se puede decir que no existe felicidad plena constante. Aún si pudiera ser así, dejaría de existir la felicidad, o al menos la desafortunada persona que la viviera no se daría cuenta. Nadie puede comer con gusto si jamás ha sentido hambre, ¿quién puede valorar lo que tiene si no ha sabido jamás lo que significa no tenerlo?
Sin duda, en la naturaleza no está prevista la felicidad constante, y al ser nosotros parte de ella, hemos de aceptar humildemente que la felicidad no será eterna. Debemos admitir que el mundo tiene muchas más tonalidades que el color rosa. No podemos huir de los otros colores, aunque también es cierto que somos libres de admirar los que más nos gusten. La felicidad plena pertenece a esa parte del mundo que todos deseamos, pero también viene acompañada de esa parte contraria que incluso, la hace ser aún más deseable. La manera de enfrentar la parte contraria es lo que definirá de nuevo la felicidad. Es comprender quizás que hasta los demás colores son necesarios para componer de nuevo un tono rosa.
Aristóteles decía que el alma es algo más propio del hombre que la materia. Por tanto, declaraba que una felicidad humana tendría más que ver con las actividades del alma que las del cuerpo, aunque sin despreciar las necesidades físicas dentro del bienestar. Por supuesto, este concepto al incluir al alma ya nos expresa la complejidad relacionada con la humanidad. Tal vez la visión de Aristóteles sea la más completa de todas. La felicidad es un mecanismo complicado, al igual que los seres humanos, que no puede ser sistematizado sino que funciona a partir de las “actividades del alma”, la humanidad. Y estas actividades del alma son difíciles de hallar y enriquecer, pero son los mismos individuos quienes tienen que emprender esta búsqueda por sí mismos, en sí mismos.
Aunque quizás puedan la felicidad subjetiva y objetiva reconocerse en cierto modo y hablase de ellas por separado, esto sólo se logra hasta cierto punto, pues una vez que se comienza a hablar de una es imposible excluir la otra. No puede establecerse un límite entre ambos tipos de felicidad, no se puede saber dónde termina una y dónde comienza la otra. Sin guías que nos indiquen un camino, una serie de pasos que demarquen la vía a la felicidad, la única manera de conseguirla es comprendiendo quizás su efecto en la naturaleza humana. La felicidad objetiva y subjetiva pueden comportarse como dos engranajes que dependen el uno del otro para funcionar; forzarlos puede destruir el mecanismo y enfocarse en uno de ellos solamente no será suficiente. El resultado de este conjunto sería una felicidad plena que, aunque no queramos, puede en algún momento decaer. Es precisamente cuando hacemos frente a las situaciones de desdicha que comenzamos a hacer funcionar el mecanismo una vez más, y así acercarnos de nuevo a la plenitud de la felicidad. Aunque puede que hasta la felicidad no vuelva a ser la misma; la manera de verla cambia, porque nosotros también cambiamos. La felicidad es humana, y de allí que también sea imperfecta como nosotros.
Rosa Montero
En las sociedades ricas y seguras cada vez soportamos menos el dolor. En primer lugar, el dolor físico. De lo cual, en líneas generales, me congratulo, porque es una consecuencia del avance médico y técnico, y porque no creo que uno deba sufrir en su carne si puede evitarlo. Aun así, lo cierto es que nos estamos convirtiendo en unos seres blandengues y quejicas. Por ejemplo, durante toda la historia de la Humanidad, y hasta hace muy poco (en algunos países aún es así), la gente se sacaba las muelas a lo vivo, cosa que de sólo pensarla me produce vahídos. Y, sin embargo, nuestros antepasados lo aguantaban. No añoro ni por asomo esos tiempos rudos y épicos, pero lo cierto es que nuestra actual dependencia de todo tipo de analgésicos y anestesias nos ha hecho probablemente más felices, pero también físicamente más débiles y más menesterosos.
Pero lo que encuentro verdaderamente preocupante e incluso peligroso es nuestra falta de resistencia ante el dolor vital. Qué digo dolor, ni siquiera eso: hoy en día no soportamos ni el más pequeño malestar. Aturdidos, envenenados y engañados por la imagen del mundo que nos ofrecen las películas, los programas de televisión y, sobre todo, la publicidad, tendemos a creer que la vida es una fiesta permanente llena de familias felices correteando con sus preciosos perros por campos primaverales, de amores que no acaban nunca, de ejecutivos con trabajos apasionantes e importantísimos, de cocinas impecables en las que las amas de casa (todas ellas guapas y vivaces) se lo pasan bomba, de una cotidianidad siempre triunfal. ¡Pero si hasta limpiar una pila llena de cacharros grasientos parece ser un auténtico jolgorio! Y cuando algún anuncio refleja un malestar, un dolor de cabeza, un comienzo de gripe, enseguida, tras la correspondiente medicina, la felicidad vuelve a estallar en un paroxismo jubiloso.
El concepto actual de la felicidad es relativamente moderno. Durante la Edad Media, por ejemplo, la gente vivía instalada en lo contrario, en la aceptación del dolor como único destino, en el llanto perpetuo de la pérdida del Paraíso y el entendimiento de este mundo como valle de lágrimas. Hasta el siglo XII, el modelo imperante de la existencia humana era el santo Job, que se lamía las llagas y se revolcaba en el estiércol, aceptando mansamente descomunales pesadumbres. Pero después, a medida que se fue desarrollando la conciencia individual, los humanos fuimos aspirando más y más a conseguir el gozo en este mundo. En el siglo XVIII, explosivo y revolucionario, se escribieron numerosos Discursos sobre la Felicidad que ya planteaban el tema en términos modernos: “No me puedo creer que haya venido a este mundo para ser desdichada”, decía Madame du Châtelet. Es una afirmación plenamente contemporánea y un logro en el desarrollo del ser humano.
Pero una cosa es aspirar a ser feliz y saber que tienes derecho a ello, y otra esta ramplona obligatoriedad de la dicha perpetua. Hoy la gente no soporta la más mínima inquietud o pesadumbre. O bien nos aturdimos compulsivamente para no sentir y no pensar, o bien nos espantamos y nos creemos deprimidos o en crisis. Pero el problema es que la existencia es siempre crítica, siempre inestable, siempre irregular. No es posible vivir sin altibajos, sin miedos, sin frustraciones, sin penas, sin dolor, sin desasosiego. No se puede vivir sin cosechar fracasos. Luego, claro está, también existen los momentos perfectos, los triunfos, las risas, los diversos amores, toda esa belleza que seremos más capaces de apreciar si aceptamos, precisamente, la cuota de malestar. Porque la vida es muy hermosa, pero duele.
Hace dos o tres años entrevisté a Lucía Bosé. En un momento determinado, le pregunté cómo eran sus días en el minúsculo pueblecito segoviano en el que reside. Se quedó pensando unos instantes y dijo: “Cuando llegas a los setenta años, por la mañana te despiertas y te preguntas: ¿Me levanto, o no me levanto? Porque mi mente sí se levanta, pero mi cuerpo no se quiere levantar… y entonces es esa lucha. Al final te levantas y te tomas un café doble bien cargado y después ya arrancas tu vida”. Me pareció una respuesta hermosa, el reconocimiento de ese cuerpo de articulaciones doloridas, del desasosiego de la vejez. Del malestar. Y a pesar de eso, o quizá justo por eso, toda la intensidad de la existencia. Señoras y señores, esto es la vida.
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ESTE MUNDO TAN FELIZ
Rosa Montero
He aquí una noticia insospechada: el ser humano es un animal esencialmente feliz. O eso parece deducirse de un montón de estudios y de encuestas. Ya sé que resulta difícil de creer, porque la insatisfacción nos corroe, perseguimos quimeras, alimentamos frustraciones y somos por definición bichos inquietos. Por no hablar de los dolores habituales de la vida (la enfermedad, la pérdida, la muerte) y de los horrores que nos infligimos unos a otros: guerras, torturas, abusos y miserias. Por lo general tenemos el sufrimiento de la existencia tan presente que tendemos a concebir el mundo como un valle de lágrimas, y la desdicha nos parece mucho más abundante y más auténtica. Por ejemplo, según cifras de la OMS, cada día se suicidan 3.000 personas en el planeta, lo que viene a ser una cada treinta segundos. Este dato, espectacular, no lo ponemos en duda, desde luego, y ni tan siquiera nos sorprende. Estamos habituados a pensar en el aplastante peso de la vida.
Y, sin embargo, todo parece indicar que, a poco que le dejen, el ser humano intenta ser dichoso y lo consigue. Diversas investigaciones demuestran que, en tiempos de paz, la mayoría de los individuos se consideran a sí mismos más felices que infelices. He aquí una pregunta curiosa y digna de hacérsela uno mismo: si tuvieras que puntuar tu felicidad o tu grado de satisfacción ante la vida del 1 al 10, siendo 1 la desdicha absoluta y 10 la dicha más completa, ¿qué nota te darías? Cruzo artesanal y burdamente los complejos datos de varias encuestas (algunas tan enormes como la World Values Survey, sobre una muestra de 118.000 personas procedentes de 96 países) y me encuentro con que, de media, los individuos que escogen el 1 suman más o menos un 5%, mientras que los que se califican con un 10 están en torno al 12%. Lo cual es asombroso: si me hubieran preguntado antes de ver los resultados, hubiera predicho que nadie o casi nadie se otorgaría a sí mismo un diez redondo. En total, más de un 60% de las personas se ponen una nota de 6 o superior.
Y, por lo visto, esa felicidad tiende a aumentar, y desde luego parece tener una relación directa con el desarrollo económico, cultural y democrático. Los ricos también lloran, pero menos. Hay un trabajo interesantísimo de la ya citada World Values Survey sobre la evolución de la felicidad en 24 países en las últimas décadas. En este caso, la tabla de medidas va del 1 (nada feliz) al 4 (totalmente feliz). La media de todos los países está en torno al 3. Tres países, Suiza, Estados Unidos y Noruega, no muestran ni aumento ni disminución en su percepción de felicidad en los últimos treinta años; cuatro son un poco más infelices (Austria, Bélgica, Gran Bretaña y Alemania del Oeste), y el resto han subido. Entre ellos España, que, de 1981 a 2006, tortuguea en una lentísima, ínfima ascensión desde el 3 hacia el 3,1. Por cierto que no es, ni con mucho, el mejor resultado; por ejemplo, Irlanda, de 1977 a1999, subió de 3,1 a 3,4. Y Puerto Rico, de 2,9 a 3,5 entre 1963 y 2006. Nosotros estamos actualmente más o menos al nivel de la India, que ha subido de 2,6 a casi 3,1 desde 1975 hasta ahora. O sea que mucho alardear de nuestro carácter jaranero, de las fiestas y las copas y los amigos, del sol español y demás pamplinas, pero somos relativamente menos dichosos que la mayoría.
Y, aun así, lo maravilloso es comprobar que también somos mayoritariamente felices. Si nuestra media es de 3, eso quiere decir que nos estamos otorgando un notable alto.
Pero aún hay algo más: recientes investigaciones psicológicas parecen demostrar que los más felices (ese 12% que está arriba del todo) no son aquellos a quienes les va mejor en la vida. Un poquito menos de felicidad ayuda a ser más longevo (los ultrafelices tienden a desdeñar preocupaciones y miedos que a menudo son útiles avisos), a ganar más dinero, a desarrollarse más intelectualmente y a tener más éxito (porque cierta insatisfacción espolea la vida). Los mejores resultados, en fin, se consiguen en torno a una puntuación de 8 o de 9. O sea que esta maravillosa vitalidad nuestra, tenaz y adaptativa, no sólo nos ha regalado una propensión básica a la dicha, una alegría orgánica, innata y animal, sino que también le ha dejado un lugar y le ha dado una utilidad al dolor, al malestar y la melancolía. Qué prodigio, la vida.
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MECANISMOS DE LA FELICIDAD HUMANA
Autora: Stefany Carrillo
Carnet USB: 0810186
ENSAYO PARA EL CONCURSO
“SEGUNDO SERRANO PONCELA”
EDICIÓN 2009
Sartenejas, 23 de abril de 2009.
En una encuesta del World Values Survey que pretendía determinar los índices de felicidad en el mundo, se le preguntó a la gente: “¿Diría usted que es muy feliz, bastante feliz, no muy feliz o nada feliz?”. Los resultados demostraron que el país más feliz del mundo era Venezuela, donde el 55% de los encuestados dijeron ser “muy felices”. A pesar de esto, resulta curioso que los mismos venezolanos no se encuentran complacidos con su propio récord; basta escuchar las opiniones sobre el tema, donde ellos declaran que la situación inestable del país no los hace felices. ¿Qué motivo los ha hecho cambiar de posición?
La pregunta realizada en la encuesta es una clave importante. Se le pide al individuo que elija una categoría según qué tan feliz se sienta y luego estas respuestas se clasifican por el país donde fueron elaboradas; esto significa que la pregunta no incluía el lugar de residencia como un factor directo que modificase la valoración. Sin embargo, es interesante observar que al sustituir la interrogante por “¿Qué tan feliz se considera en este país?” las repuestas cambian drásticamente.
Ambas encuestas parecen dar a conocer dos tipos de felicidad distinta: en la primera los venezolanos se dicen estar rodeados de amigos y seres queridos, sonríen ante las dificultades, se describen como alegres y divertidos, disfrutan de su cultura y, en consecuencia, dicen sentirse muy felices. Pero al incluir en esta valoración la sensación que les produce la situación del país, comienzan a surgir cientos de quejas por necesidades no satisfechas: alegan sentirse inseguros, preocupados, sin libertad, inestables y, por tanto, no tan felices.
Entonces, ¿los venezolanos son muy felices, pero no tanto? Los criterios tomados en cuenta son muy distintos. Al contestar la encuesta que les otorgaría el récord Guiness ellos valoraron más bien una felicidad que tenía que ver con su situación sentimental. Es una felicidad emotiva, espiritual. Mientras que al mencionarlos como los habitantes del país “más feliz del mundo” se sienten contrariados, “¿¡pero si en Venezuela paso tanto trabajo!?”; en este caso hablan más bien de una felicidad que se refiere a la satisfacción de sus necesidades.
Estas reacciones han revelado que al parecer la felicidad consta de dos partes: la felicidad subjetiva (de tipo emocional) y la felicidad objetiva, que se produce como resultado inmediato de la satisfacción.
Aunque la felicidad como sensación puede describirse del mismo modo para cualquier individuo, la forma de conseguirla varía según el tipo de sociedad donde se desenvuelva. La cultura y los valores que se le hayan inculcado al sujeto influyen directamente en los criterios que considere para conseguir felicidad.
En el mundo occidental nos presentan ideales de felicidad que se basan en la búsqueda del placer, la perfección y el éxito social; y aunque podemos llamar esto como felicidad objetiva, puede causar incluso un efecto más bien de infelicidad y vacío. Entonces, ¿son completamente errados estos criterios? Quizás no del todo mientras estos no se conviertan en un fin, sino en un medio para alcanzar una felicidad “plena”, es decir, cuando logra complementarse con la felicidad subjetiva.
Hay que darse cuenta que de por sí sola, la felicidad objetiva no es verdadera. Cumplir metas y satisfacer necesidades no implican felicidad real, sin importar cuanto esfuerzo requiera ni con cuanto anhelo lo deseemos. Recordemos la película de Orson Welles, “Ciudadano Kane”. La historia cuenta que Kane, un hombre de origen humilde, tras muchos años de educación y esfuerzo consigue manejar una gran fortuna y hacer todo lo que se propone: posición social, gran cantidad de bienes materiales, influencia político-económica, mujeres, entre tantas cosas, y no obstante al final de su vida no es feliz. ¿No era todo esto lo que garantizaba la felicidad? Kane carecía de afecto y verdadero trato humano, y su último pensamiento no fue sino para un objeto cargado de valor emocional, el cual evocaba el recuerdo nostálgico de una época en la que fue feliz y sin embargo no tenía nada. Antes de morir, Kane se da cuenta de que jamás obtuvo en su vida lo que en realidad quería. Es decir, todas las cosas que logró no eran un fin, como él mismo en vida creyó, sino que había algo más dentro de él que reclamaba ser atendido y que ninguna de estas cosas logró hacerlo.
Pensar con detenimiento y a fondo qué es lo que en realidad se quiere no es tan sencillo, y la respuesta puede variar en cada persona. No existe una pauta a seguir para cubrir la felicidad subjetiva, como la hay para la satisfacción de comer cuando se tiene hambre o dormir cuando se tiene sueño. Hay una escena en la película “Nosferatu: Phatom der nacht” de 1979, donde Drácula frente a Lucy le menciona que “lo realmente doloroso es vivir toda una eternidad sin amor”. Drácula no se refiere en sí al amor de pareja, sino al afecto que por su naturaleza le ha sido negado. A pesar de su fortuna, sus poderes sobrenaturales y su inmortalidad, Drácula lo único que anhela es sentirse humano, o mejor dicho, sentir “humanidad”.
Si hay alguna manera de generalizar la felicidad emotiva y el modo de alcanzarla podría ser humanidad. Algunos la identifican como tranquilidad espiritual, mientras otros dicen sentirla cuando son útiles a los demás; unos la perciben cuando están rodeados de amigos, otros la prefieren en la soledad que les permite estar consigo mismos. Hay tantas formas de felicidad emocional como personas en el mundo, pero lo que la caracteriza es la humanidad. Las hormigas, por ejemplo, no se preocupan por todas estas cosas y logran exitosamente su objetivo de supervivencia, el cual es la verdadera finalidad de toda forma de vida. Los seres humanos también buscamos “supervivir”, pero nos diferenciamos mucho en complejidad al resto de las especies, y por nuestra capacidad de razonar y necesidad de respuesta a nuestras dudas, la búsqueda de la felicidad se trasforma en un valor agregado a dicha complejidad. Pero esta búsqueda puede volverse nociva: al igual que Drácula, hemos destruido tanto y hecho tanto daño buscando felicidad que nuestra capacidad de supervivir parece agotarse, nos hacemos egoístas, nos “deshumanizamos” y nos hacemos desmerecedores de la felicidad.
La “deshumanización” se debe a que nuestros criterios no fueron verdaderamente acertados. Nos llenamos de lujo y placer, intentamos alejarnos del dolor y buscamos la perfección intentando alcanzar esa tan codiciada sensación de bienestar pleno, sin detenernos a pensar las consecuencias que esto acarreará tanto para los demás como para nosotros mismos. Sin embargo, una vida llena de pobreza material e insatisfacción no nos traerá felicidad, no al menos al dejar de ser suficientes para nuestra autorrealización y tranquilidad.
Podemos imaginar un grupo familiar unido cuyo bienestar emocional de sus integrantes es aparentemente bastante elevado; podría deberse esto a sólidos vínculos afectivos, respeto, confianza, comunicación, entre otras cosas que brindan cierta paz interior con respecto al conjunto de personas con quienes se conviven a diario. A pesar de esto, ciertas situaciones de origen material pueden ir contrarias a esta felicidad y reducirla en consecuencia: las sensaciones de frustración al no poder conseguir lo que se quiere, la angustia provocada por deudas económicas, la nostalgia por un ser querido, las necesidades insatisfechas de seguridad y salud, seguido de una extensa lista de realidades cuyo impacto poco a poco va erosionando la felicidad plena. La felicidad subjetiva complementa la felicidad emocional; en el caso de que la primera sea escasa se verá afectada la segunda, o bien, cuando estas no se complementan, decaen, siendo siempre la felicidad plena la que está en juego.
No obstante, por más que nos esforcemos en atender la felicidad objetiva y la felicidad subjetiva por igual, podemos conseguir felicidad plena pero no constante. El mismo hecho de “esforzarnos” por conseguirlo nos llenaría de frustraciones y sinsabores debido a miles de factores que son impredecibles e imposibles de cambiar. Conseguir la felicidad se transformaría además en una meta en busca de satisfacción, y como se ha mencionado antes, cumplir objetivos no es verdadera fuente de bienestar. La situación emocional de un individuo es variable en el espacio, en el tiempo y en él mismo, sin contar los innumerables sucesos que van más allá de la manipulación del sujeto que sin duda afectarán su vida material y espiritual a la vez. Al igual de lo que propone la teoría del caos, los procesos de la realidad dependen de un enorme conjunto de circunstancias inciertas que no podemos manejar. En otras palabras, los hechos contrarios a la felicidad por más, que los rechacemos, existen y se presentaran en nuestra vida sin que podamos evitarlo. Sucede al igual como no podemos evitar un accidente: por más medidas que tomemos, un sencillo incidente puede desencadenar en sucesos mucho más grandes. ¿Quién podía impedirlo? ¿Quién podía elegir quién saldría afectado o quién no? ¿Quién podía predecir el lugar y el momento en que se produciría el accidente? Ciertamente, nadie puede. No está en las manos humanas modificar los acontecimientos directamente, pero lo que si podemos hacer es decidir la manera de afrontarlos.
En la naturaleza nada es uniforme y permanente, sino que se consigue la estabilidad en el equilibrio entre elementos contrastantes, comprende de ciclos y de cambios continuos. No puede existir por tanto, felicidad sin una dosis de desdicha. En consecuencia se puede decir que no existe felicidad plena constante. Aún si pudiera ser así, dejaría de existir la felicidad, o al menos la desafortunada persona que la viviera no se daría cuenta. Nadie puede comer con gusto si jamás ha sentido hambre, ¿quién puede valorar lo que tiene si no ha sabido jamás lo que significa no tenerlo?
Sin duda, en la naturaleza no está prevista la felicidad constante, y al ser nosotros parte de ella, hemos de aceptar humildemente que la felicidad no será eterna. Debemos admitir que el mundo tiene muchas más tonalidades que el color rosa. No podemos huir de los otros colores, aunque también es cierto que somos libres de admirar los que más nos gusten. La felicidad plena pertenece a esa parte del mundo que todos deseamos, pero también viene acompañada de esa parte contraria que incluso, la hace ser aún más deseable. La manera de enfrentar la parte contraria es lo que definirá de nuevo la felicidad. Es comprender quizás que hasta los demás colores son necesarios para componer de nuevo un tono rosa.
Aristóteles decía que el alma es algo más propio del hombre que la materia. Por tanto, declaraba que una felicidad humana tendría más que ver con las actividades del alma que las del cuerpo, aunque sin despreciar las necesidades físicas dentro del bienestar. Por supuesto, este concepto al incluir al alma ya nos expresa la complejidad relacionada con la humanidad. Tal vez la visión de Aristóteles sea la más completa de todas. La felicidad es un mecanismo complicado, al igual que los seres humanos, que no puede ser sistematizado sino que funciona a partir de las “actividades del alma”, la humanidad. Y estas actividades del alma son difíciles de hallar y enriquecer, pero son los mismos individuos quienes tienen que emprender esta búsqueda por sí mismos, en sí mismos.
Aunque quizás puedan la felicidad subjetiva y objetiva reconocerse en cierto modo y hablase de ellas por separado, esto sólo se logra hasta cierto punto, pues una vez que se comienza a hablar de una es imposible excluir la otra. No puede establecerse un límite entre ambos tipos de felicidad, no se puede saber dónde termina una y dónde comienza la otra. Sin guías que nos indiquen un camino, una serie de pasos que demarquen la vía a la felicidad, la única manera de conseguirla es comprendiendo quizás su efecto en la naturaleza humana. La felicidad objetiva y subjetiva pueden comportarse como dos engranajes que dependen el uno del otro para funcionar; forzarlos puede destruir el mecanismo y enfocarse en uno de ellos solamente no será suficiente. El resultado de este conjunto sería una felicidad plena que, aunque no queramos, puede en algún momento decaer. Es precisamente cuando hacemos frente a las situaciones de desdicha que comenzamos a hacer funcionar el mecanismo una vez más, y así acercarnos de nuevo a la plenitud de la felicidad. Aunque puede que hasta la felicidad no vuelva a ser la misma; la manera de verla cambia, porque nosotros también cambiamos. La felicidad es humana, y de allí que también sea imperfecta como nosotros.
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